Don Diego o el precioso ridículo

'El lindo don Diego' es una comedia que lleva al extremo la caricatura del hombre vanidoso

La obra se representa en el Teatro Pavón hasta el 17 de marzo

Entre los autores de mediados del siglo XVII, Moreto fue quien más le disputó a Calderón el favor del público: los fragmentos más celebrados de sus obras circulaban en pliegos de cordel, y se imprimieron también relaciones paródicas. El ilustrado Bernardo de Iriarte, director de los Teatros de los Reales Sitios, incluyó once comedias suyas entre las 70 áureas que merecían ser refundidas y representadas. Los románticos le situaron entre sus autores clásicos preferidos: su comedia de carácter El valiente justiciero es la segunda áurea más representada en la primera mitad del XIX, después de la también hoy olvidada La gallega Mari-Hernández, de Tirso. Los gustos del público y las apreciaciones de la crítica académica han cambiado no poco desde entonces.

El lindo don Diego es una refundición de El narciso en su opinión, de Guillem de Castro: todos los autores del Siglo de Oro versionaban obras ajenas sin problemas de conciencia (para abastecer una demanda equivalente a la que tienen hoy las teleseries), pero como quiera que su amigo Jerónimo de Cáncer le retrató revolviendo entre comedias añejas, Moreto crió una fama de plagiario con la que todavía carga sin más motivos que otros contemporáneos suyos que pasan por originalísimos.

El lindo don Diego

Autor: Agustín Moreto. Versión: Joaquín Hinojora. Dirección: Carles Alfaro. Intérpretes: Edu Soto, Javivi Gil Valle, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez, Rebeca Valls, Natalia Hernández, Carlos Chamarro, Vicenta Ndongo, Óscar de la Fuente

En El lindo don Diego, comedia de intriga con figurón, Moreto lleva hasta su extremo grotesco la caricatura del hombre vanidoso, sin intención moralizante: su protagonista es la rueda en torno a la que gira un mecanismo cómico de relojería bien engrasado.

En este su primer montaje para la Compañía Nacional de Teatro Clásico (primero que hace también de una obra del Siglo de Oro), el director valenciano Carles Alfaro y el escenógrafo Paco Azorín nos muestran la acción desdoblada en un espejo monumental que simboliza el narcisismo patológico que sufre el atildado don Diego. Otro espejo, en el suelo, y un tercero, traslúcido, que en cierto momento baja como telón de boca, crean un paisaje en el que la imagen se multiplica, como en un célebre cuadro de Dalí.

Por su meditada composición visual (una suma de rampas, pantallas, siluetas e imágenes reflejadas), el espectáculo ensaya una línea de puesta en escena renovadora, de inspiración expresionista en lo visual, que la CNTC no había explorado todavía. Las interpretaciones, sin embargo, están cortadas por un patrón más clásico. Destacan el Mosquito zascandil y arlequinado (como la camisa que le ha hecho María Araújo) de Carlos Chamarro, verdadero factutoum de cuanto sucede, y la viva y graciosísima Leonor de Natalia Hernández, muy bien vestida por Araújo. También el Don Tello de Javivi, actor con un sexto sentido para los papeles de carácter, y el Don Mendo dibujado con línea clara, limpísima, por Cristóbal Suárez. Raúl Prieto, actor preciso como el corte de una cuchilla, esta vez se empeña en indicar gestualmente cuanto dice, sin que el director le corrija.

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