Fecundo regreso

Brillante espectáculo de danza de Roberto Olivan en el Mercat de les Flors

Imagen de un momento de la obra. / jesús robisco

Brillante, fluido y enriquecedor. Así es A place to bury strangers, último espectáculo del catalán Roberto Olivan (Tortosa, 1972), que presenta en el Mercat de les Flors y que aún puede verse este fin de semana. Una pieza que marca el regreso de este versátil coreógrafo a sus raíces tras años de trabajo en Bruselas y en otros escenarios internacionales. El espectáculo clava al espectador en su butaca, incapaz de parpadear ante el baile energético que desprende el grupo capitaneado por Olivan: Enclave Arts Moviment.

A PLACE TO BURY STRANGERS

Dirección y coreografía de Roberto Olivan. Interpretación de Enclave Arts del Moviment. Mercat de les Flors.

Barcelona. 18 de enero

Los amantes de la danza no pueden perderse un especáculo que acredita que no hay crisis creadora entre los coreógrafos actuales. El éxito de la obra reside en su fecundo vocabulario coreográfico, repleto de ricas frases que enlazan circo y danza contemporánea en una simbiosis perfecta que destila modernidad y emoción. Dos elementos que convierten el lenguaje de Olivan en un gesto vivaz y expresivo, construido a través de un movimiento que combina el trabajo de tierra (los bailarines son en ocasiones sagaces animales) con un trabajo más veloz; así, tierra y aire se entrelazan edificando un trabajo de máxima belleza.

Los cinco intérpretes de la pieza —Spela Vodeb, Sol Vázquez, Felipe Salazar, Matias Marré y el propio Olivan— realizan una impecable labor. Sus cuerpos están esculpidos por la disciplina de una buena técnica y la sabiduría de una marcada personalidad escénica. La rítmica música de Laurente Delforge es un gran compañero de viaje.

Imagen de un momento de la obra. / jesús robisco

A lo largo de los 60 minutos de espectáculo abundan imágenes seductoras que hipnotizan al público, entre ellas el momento en que se ve a una bailarina, vestida de rojo, tumbada en el suelo que es arrastrada por todo el escenario por su larga trenza para volver al punto de partida: una bella imagen sobre el regreso a los orígenes. El baile de una pareja en la rueda metálica es otro de los fragmentos a destacar.

Sin embargo, A place to bury strangers también tiene puntos cuestionables. Uno es que hacía la mitad del espectáculo el ritmo decae, si bien recupera el dinamismo arrollador inicial. Otro aspecto es el desaliñado vestuario (Roberta Petit), que confiere cierta tosquedad a la imagen de los bailarines: un pantalón y una camiseta pueden ser sencillos pero no cutres; aquí le resta luminosidad al movimiento.

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