crítica | danza

Eructo de la mujer lámpara

Elena Córdoba ofrece un espectáculo muy áspero en 'Atlas, el gigante y la vértebra'

Igual que tantos mitos, la matriz para la figura de Atlas había venido de Asia Menor, como se ve en la epopeya hurrito-hitita de Kumarbi, donde en la llamada Canción de Illikummi (de la que se conservan solo fragmentos) aparece el rastro más antiguo del gigante Upelliri, que sostiene a la vez el cielo y la tierra.

ATLAS, EL GIGANTE Y LA VÉRTEBRA

Coreografía y baile: Elena Córdoba; música: W. A. Mozart y J. S. Bach; luces: Carlos Marquerie; epílogo (filme): Chus Domínguez. Teatro Pradillo. Hasta el 25 de noviembre.

Según Harrauer y Hunger, Upelluri puede ser considerado, dentro de ciertos límites, una figura paralela de Atlas, para apuntar a continuación que en la Antigüedad se interpretó en ocasiones el hecho de soportar el cielo como un castigo impuesto al hijo mayor de los Titanes por participar en una rebelión. Elena Córdoba se apunta al castigo y quizás ha ido más lejos de lo aconsejable, no en el gusto, sino en el tratamiento del mito. La parte de la anatomía ósea es otra cosa y se impone.

No he logrado saber, una vez consultadas varias historias de la medicina, quién le puso el nombre de Atlas a la primera vértebra. La artista crea un despojo potente y duro, en una obra dolorosa donde sigue invitando al terreno interior.

Durante esa acción exploratoria y ardiente, muy áspera, Córdoba se cuelga del pelo canelones de cristal y eructa mucho (del público recibió respuesta).

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