La memoria del cuerpo

Yoko Taira es la repetidora que retiene las coreografías de la Compañía Nacional de Danza

Yoko Taira en las instalaciones de Matadero. / CLAUDIO ÁLVAREZ

¿Cómo reproducir con el cuerpo lo que alguien sintió hace años al escuchar una música? ¿Y una idea que quiso expresar con un gesto? Una obra de teatro queda en el libreto, la música en pentagramas. Pero cuando la materia prima es la carne, el caso es distinto: existen vídeos y sistemas para anotar los pasos de danza, pero no pueden plasmar la forma en la que el bailarín debe desplazar el peso entre un movimiento y otro, ni los sentimientos que tiene que revivir. Nada es tan preciso como el ser humano a la hora de conservar el detalle de una coreografía. Y al ser humano que se encarga de retener una pieza para una compañía de danza se le conoce como repetidor.

Yoko Taira es una de las repetidoras de la Compañía Nacional de Danza (CND). En los noventa actuó de primera bailarina de la formación a las órdenes de su mentor, Nacho Duato, y a partir de 1996 fue asumiendo su nuevo papel. Los bailarines sufren una sed de perfección que les lleva a ensayar mil veces cada matiz en la postura, la expresión o el sentimiento. Taira ha dejado los escenarios, pero no el vicio de la exactitud. En él se basa su prestigio como repetidora, y también le hace encarar la entrevista con un miedo cerval a no ser lo bastante precisa al describir su trabajo.

“Soy un enlace con el coreógrafo que le da al bailarín las herramientas para conseguir lo que le piden”, cuenta en un banco cubierto de cojines de Matadero, sede de la CND. Cuando un autor crea una pieza, el repetidor está a su lado; las sucesivas ocasiones en las que la compañía la represente, él aplicará las instrucciones recibidas. Y ocurre lo mismo en los casos en los que la compañía contrata un trabajo a un coreógrafo externo: los asistentes del creador enseñan la obra al repetidor, que debe transmitírsela al cuerpo de baile y, después, conservarla para años venideros.

A inicios del siglo XX la labanotación —invento del coreógrafo Rudolf Von Laban— se convirtió en el método más utilizado para registrar los pasos de un ballet. Una pieza transcrita mediante este sistema es una tormenta de cuadraditos negros y blancos, símbolos y letras que definen elementos como el cuerpo, el espacio, el tiempo y la energía utilizada. “En la contemporánea ni sabemos cómo funciona el laban”, cuenta Taira. La flexibilidad de los movimientos en el estilo convierte la notación en un trabajo demasiado prolijo y el vídeo lo ha desterrado. “Además, tengo buena memoria”, ríe Yoko, que calcula haber trabajado en 70 coreografías. “Un ballet de hace dos temporadas lo recuerdo; para otro de hace ocho sí que necesito vídeos”.

Vídeo y físico

El vídeo es útil, aunque para recordar algunos pasos Taira necesita ejecutarlos. “Soy muy física. Me gusta tener el recuerdo de qué sientes con cada movimiento. Cuando veo que me tira el músculo, lo recupero”.

Taira, que nació hace 40 años en Oviedo de madre española y padre japonés, lleva bailando desde los cinco. “No conozco a nadie que no lo haya hecho antes de ser repetidor”, asegura. Técnicamente cualquier miembro de una compañía tiene base para reciclarse, explica, pero además de la destreza es necesaria cierta visión para captar qué hace que funcionen los pasos, sin hablar de la capacidad de gestionar un grupo. “Aprender la pieza no es complicado, pero lo delicado es trabajar con los bailarines, de los que me siento muy cerca: somos un gremio frágil; no es igual que los deportistas, que tienen marcas objetivas para apoyarse. A un coreógrafo un bailarín puede no valerle para la idea que tiene en la cabeza aunque esté trabajando bien: eso te deja muy expuesto”.

En su carrera ha colaborado con muchos coreógrafos además de Duato, al que en 2010 José Carlos Martínez relevó al frente de la CND. “Debes absorber el vocabulario de cada autor. Mientras les asisto me convierto en una lapa: necesito ver todo, entender el trasfondo intelectual de la pieza” cuenta. “Ahora que he estado trabajando con Iván Pérez en Démodé, una creación para la CND que se representa este fin de semana en Madrid en Danza, las conversaciones no giraban sobre los pasos, sino sobre concepto, ritmo, escenografía… Esa cercanía me aporta los recursos para ensayar la pieza cuando él no esté”.

Después de una carrera de bailarina, Taira ve ser repetidor como una cura de ego. “En el escenario los que se lucen ahora son otros”, se encoge de hombros. Aunque haya hecho sus pinitos como coreógrafa, no le tienta el paso. “Lo mío consume mucho. Y cuando has visto cómo es del lado del creador, da mucho respeto”.

El teatro de los autómatas actuará en el Conde Duque del 22 de diciembre al 4 de enero.

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