Bajo su irónica y lúcida vigilancia

La presentación de ‘Camarada Javier Pradera’, recopilación de textos del intelectual, reúne a sus amigos y alumnos

Felipe González, con Natalia Rodríguez Salmones y Francisco Rubio Llorente. / s. s.

Javier Pradera se fue, y ya está. Pero las cosas no siempre son fáciles de explicar, y su ausencia sigue siendo tan grande que ayer, en el homenaje que se le hizo en Madrid aprovechando la aparición del primer libro que recoge sus escritos dispersos, cuantos estuvieron allí volvieron a echarlo de menos. Y mucho más en estos tiempos donde, como apuntó Joaquín Estefanía, se asiste al desmoronamiento de una época.

Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores) es el primer título de esta ambiciosa recuperación de los escritos de un hombre que no dejó, estrictamente, ninguna obra cerrada. Lo suyo fue escribir al filo de la actualidad, pero sin la profundidad de su mirada y la fulminante penetración de sus análisis, que supo incorporar en sus artículos y los editoriales publicados en este diario, no se podría comprender un largo periodo de la historia de España, sobre todo los años de la Transición.

Santos Juliá ha sido el responsable de poner en escena el periodo en el que Javier Pradera estuvo vinculado al Partido Comunista. “Entré, y ya está”, contestó alguna vez cuando le preguntaron por las razones que llevaron a un joven que formaba parte de una familia del bando vencedor a decantarse por una organización de las filas de los perdedores. Tanto el padre como el abuelo de Javier Pradera fueron asesinados poco después de que se produjera el golpe militar que terminó derrotando a la República.

Ese “ya está”, dijo Santos Juliá, no explica nada. Pero sí aportan un poco de luz muchos de los documentos que se han ido descubriendo —cartas, piezas autobiográficas, notas—, gracias sobre todo a la dedicación y el celo de su viuda, Natalia Rodríguez Salmones. ¿Por qué militó en el PCE? Porque se rebeló, como tantos otros, contra el mundo cerrado de los vencedores y entendió que ese rechazo total pasaba necesariamente por la revolución, y la revolución la encarnaban entonces los comunistas. Fue, en cualquier caso, un comunista atípico. Su ironía, comentó Carmen Claudín, nada tenía que ver con las maneras de los cuadros del partido. Javier Pradera representaba para la gente del exilio la España real, aquella que finalmente conquistó la democracia.

A Pradera se le sigue echando de menos. En su homenaje ayer estuvieron Ignacio Polanco, presidente de Honor de PRISA; Juan Luis Cebrián, presidente de PRISA y EL PAÍS; Javier Moreno, director de EL PAÍS; el expresidente del Gobierno Felipe González; el secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle; el periodista Miguel Ángel Aguilar y el cineasta y escritor Manuel Gutiérrez Aragón. Fernando Savater remató su intervención verbalizando esa inmensa orfandad que padecen cuantos lo quisieron y aprendieron de sus escritos, diciendo que echamos en falta su vigilancia. Esa vigilancia cortés, irónica, insobornable y, ante todo, lúcida.

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