Entre el cómico y el jilguero

Acarició el éxito en el cine, pero la de Zenet no es la típica historia del actor metido a cantante

“Estudiarán la confluencia de talentos que se dio en una ciudad tan antipática en lo político”

Zenet en la calle de San Isidro Labrador de Madrid. / CARLOS ROSILLO

Toni Zenet (Málaga, 1967) tiene buen pulso para contar anécdotas. Ha logrado el silencio en una taberna andaluza, Sanlúcar; a ambos lados de la barra, todos siguen atentos sus palabras. “Con Bardem, fuimos a rodar El joven Picasso al Louvre, en París. En una de las paradas del rodaje, me puse a recorrer el museo, que aquel día estaba cerrado. Yo vestido de Pablo Picasso, traje de pana y flequillo, con un vigilante detrás. Hasta que llegué a La gioconda. Ya se sabe que parece que te sigue con la mirada. Durante un buen rato, me moví a su alrededor, me senté, me tumbé para comunicarme con ella. Pensé que era un lujo digno de reyes y que el de atrás era mi guardaespaldas”.

Una pausa. “Y tres meses después, estaba en Madrid comiéndome los mocos”. Hay más humor que amargura en la aventura vital de un actor que se convirtió en cantante, acumulando galones en dos profesiones altamente inciertas. “Si no te ríes, lo llevas mal. Sólo me han nominado a los Goyas como músico, nunca como actor. Y lo cierto es que creo que yo funcionaba muy bien como secundario. Pero ya no hay recorrido para los actores de reparto, solo para los protas”.

Zenet se burla del tópico periodístico que le retrata como un cómico que, por la crisis del sector, se reconvirtió en jilguero. “Ya hacía música cuando estudiaba Arte Dramático en Málaga. Los Tabletom me dejaban subir al escenario para que improvisara un blues, era amigo de Danza Invisible. En los años como actor en Madrid, estuve involucrado en un proyecto de mestizaje, Sur S.A., hasta grabamos tres álbumes. Pero procuré compartimentalizarlo: pocos de mis compañeros actores sabían que yo actuaba por otros escenarios”.

El plan de hoy consiste en recorrer las paradas habituales de Toni Zenet en La Latina, el barrio donde reside con su mujer y su hijo. “Siempre he vivido en el centro, por pura funcionalidad. Me hace gracia lo de conquistar Madrid, que impresiona tanto en provincias. Para mí, no consiste más que en poder pagar las facturas. Conquisté Madrid por primera vez cuando todavía era menor de edad. Hacía de mimo en un show que se presentaba en la Sala Macumba. No, nada que ver con el ambiente de ahora: entonces era un público de abrigos de piel y relojes caros. Se trataba de la franquicia de un espectáculo internacional y en no sé qué ciudad europea se descubrió que algunos chicos ofrecían, ah, otros servicios privados. Allí se acabó todo”.

Territorio Zenet

  • Café Central (Plaza del Ángel, 10). “Costó que me aceptaran pero ya soy uno de los habituales. Todavía me impresiona verme anunciado junto a verdaderos monstruos del jazz”.
  • Antiguo estudio (Rosario, 25). “Era la casa del pianista Joshua Edelman pero también se grababa. La aventura de Zenet comienza aquí. Joshua se ha ido a Bilbao y le echamos de menos”.
  • Sanlúcar (San Isidro Labrador, 14). “La verdadera embajada de Andalucía en Madrid. Acuden flamencos y taurinos pero también sibaritas que quieren comer sus ortiguillas de la mar”.
  • Colectivo La Latina (Luciente, 7). “Es mi capricho personal, un lugar muy underground para músicos y monologuistas. También hacemos exposiciones y mercadillos. Al Ayuntamiento no le gusta: ya nos han obligado a tres insonorizaciones”.
  • Lamiak (Cava Baja, 42). “Grandes pinchos. En el sótano, actuaba Javier Krahe. Lo ves ahora y no puedes creer que allí se metiera tanta gente”.

Lejos del cantante histriónico que vemos en el escenario, hoy Zenet revela una faceta reflexiva. Cada lugar que recorremos le trae una enseñanza. “Para ser artista, lo esencial es desarrollar una fortaleza psicológica, estar seguro de lo que quieres hacer. Debes esquivar los torpedos que te mandan colegas bienintencionados, esos consejos tipo ‘mejor lo dejas y te dedicas a otra cosa’. Eh, yo he tenido más trabajos que la mayoría. He sido animador de cruceros. Profesor de teatro para niños. Pintor de brocha gorda, me conozco íntimamente algunos de los mejores pisos de Madrid. Y barman, a veces en jornadas de mañana y de noche”.

Solo hay dos oficios de los que se avergüenza, confiesa. “Fui coach, entrenador personal para, por ejemplo, ejecutivos que tenían pánico escénico a hablar en público. Era aprovecharse de la debilidad de otra persona. También destaqué vendiendo seguros y enciclopedias. Acababa de entrar en una empresa y enseguida era el vendedor del mes o cómo quiera que lo llamaran. Pero no podía dormir tranquilo, sabía que básicamente consiste en engañar a la gente”.

Tantos altibajos le hicieron una criatura autosuficiente. “Viniendo de un barrio de pescadores, el Pedregalejo, soy bueno cocinando pescados. Y también platos de cuchara, gracias a las enseñanzas de mi santa madre. Nunca pasé hambre, sabía preparar cosas ricas a partir de lo más barato del mercado. Creo que me vino bien que nunca se materializara el boom que todos me predecían después de El joven Picasso. Con veintipocos años, no hubiera sabido administrar el éxito”.

La actual carrera musical de Zenet se sustenta en un equipo insólito. “Las letras son de José Laguna, un antiguo representante de actores que ahora vive en Almuñécar. No funciona por encargos, nos pasa los textos y decidimos con qué nos quedamos. Es muy puñetero, estamos ya grabando y nos llama para que cambiemos una palabra”. Las canciones adquieren forma en sesiones matutinas, cuando Zenet se reúne con el guitarrista José Taboada: “Tenemos un buen número de palos y vamos probando. Los textos ya te sugieren músicas pero puedes ir por bolero, por tango, por copla, por swing, por fado, por manouche”.

Nada de sufrimientos, reitera. “Yo no entiendo eso del artista atormentado. Todo el proceso de hacer música es puro gozo. ¿Grabar? En el estudio Infinity hay luz natural, tocamos todos juntos y sale magia. Hay unos arreglos de base pero son músicos muy intuitivos que pueden inventar maravillas en un momento”. Para Zenet, se trata de un lujo: “Imagina, viene Antonio Serrano a tocar la armónica y te cuenta historias de cuando gira con Paco de Lucía; una voz interna me dice: ‘No me lo merezco, Señor”.

Entiende la frustración de los creadores, sometidos a impuestos draconianos y encima denigrados por la caverna. “Acudo a las manifestaciones con los amigos actores, que son más constante en esto que los músicos. Me voy con mi hijo y, claro, aguanto hasta que empiezan las cargas de la policía”.

Insiste en que no apreciamos todo lo que tenemos en Madrid, donde han recalado extraordinarios instrumentistas de otras latitudes. “Igual no es tan histórico como la concentración de pintores en el París de comienzos del siglo XX pero algún día estudiarán la confluencia de talentos que se dio en una ciudad tan antipática en lo político. A veces, la mitad de los músicos que me acompañan son foráneos, como los cubanos Manuel Machado y Pepe Rivero, el sueco Öve Larsson. Yo soy una esponja y siempre estoy con las orejas puestas".

Conviene viajar para apreciar lo bueno que tenemos, recuerda Zenet. “Hace unos meses estuvimos tocando en Caracas. El público venezolano es formidable pero yo digiero mal el que no puedas salir del hotel a pasear, que debas moverte en furgonetas con cristales obscuros y ventanas cerradas. Es una sociedad dividida, algo que alienta Hugo Chávez. Todo es caro, excepto las balas y la gasolina”.

Zenet acaba de publicar La menor explicación (El Volcán Música). El disco se presenta próximamente en el Teatro La Latina.

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