Por qué mi madre acabó momificada

Los familiares de la mujer que pasó dos años muerta en la cama se preguntan ahora por qué ninguno de ellos ni los servicios sociales a los que acudía a pedir comida movieron un dedo para localizarla

Juan José Ruiz, el hijo de la mujer hallada momificada en Ciempozuelos. / SAMUEL SÁNCHEZ

La vida ha llevado a Juan José Ruiz Fernández a conocer de primera mano cómo funcionan los servicios sociales. Por eso, no se explica cómo han podido pasar más de dos años sin que nadie tuviese noticias de su madre. Hasta que la pasada semana Eduardo Ruiz, su padre, encontró a su mujer, Ángeles Fernández, tumbada en la cama de su casa en el número 5 de la plaza del Arte en Ciempozuelos, momificada y sin signos de violencia. Eduardo Ruiz salía de la cárcel después de haber cometido una truculenta violación. El matrimonio había dejado de tener contacto hacía más de tres años, a pesar de llevar más de 25 casados. “Hemos fallado todos: tanto familiares como las instituciones, pero en esta historia hay diferentes grados de culpa”, señala Juan José Ruiz, de 25 años el mayor de los cinco hijos.

Estos días Juan José anda corriendo de un lado para otro. Ha tenido que reconocer el cadáver, prestar declaración durante horas ante la Guardia Civil y empezar a pensar en el entierro. Mientras, espera que la autopsia responda pronto a cuándo y cómo murió su madre. Hacía cuatro años que no sabía nada de ella. Hasta que el lunes 5 de octubre una prima le llamó para contarle que había escuchado por el barrio decir que su padre había encontrado a su madre muerta. En seguida la reconoció: vestía una falda beis, una chaqueta roja a rayas blancas; el pelo moreno, largo y suelto y estaba tumbada en la cama. “Era ella, aunque parecía una momia”.

La última vez que se acordó de ella fue hace un mes, cuando viajó a Ciempozuelos a visitar a una amiga y decidió acercarse por el barrio donde residía, a las afueras de la ciudad. Las persianas estaban bajadas y había desaparecido el generador del aire acondicionado. El domicilio tenía una orden de embargo y decidió no subir. Después de muchos disgustos ha querido pasar página. “Mi madre sufría cambios de humor que no entendía nadie. Tenía un carácter bastante fuerte, y por eso le quitaron todos los hijos. Siempre he vivido en centros de acogida. Me duele ver a mi padre reprochándonos en todas las televisiones que hubiésemos dejado de lado a nuestra madre”, se lamenta. “Yo no me quito parte de culpa, pero el padre es el pilar de la familia”. Juan José acaba de tener una hija de un año, a la que no le quita la vista de encima. Se sorprende de su carácter tranquilo, a diferencia del resto de sus hermanos. “A mí es muy difícil alterarme, pero si me buscas me encuentras”.

Juan José siempre ha tenido sentimientos encontrados hacia su madre. “Algunas veces venía a visitarme, por mi cumpleaños o estuvo el día de mi comunión”. En diciembre de 2004, cuando cumplió 18 años tuvo que abandonar el centro de acogida y volvió a casa con sus padres. Aguantó tres meses. La convivencia era insostenible y decidió marcharse. Empezó a dar tumbos, vivió en la calle y al no encontrar un lugar donde quedarse regresó al domicilio familiar en diciembre de 2005. A los 20 días conoció a Rebeca, su mujer, por un chat. “Quedamos en una cita a ciegas, nos enamoramos y su familia me acogió en casa como un hijo más. Ellos son mi auténtica familia. Han estado siempre para lo bueno y para lo malo”, sonríe orgulloso.

Una vida en centros de acogida

Ángeles Fernández tuvo cinco hijos, pero ninguno de ellos intentó localizarla en los dos años que lleva muerta. Todos le fueron retirados por los servicios sociales debido a su difícil carácter. Ahora relatan infancias en las que pasaron por toda clase de centros de acogida. Estos son los tipos que existen en Madrid:

  • Residencias de primera acogida (de 0 a 18 años). Los niños ingresan de solo hasta que se soluciona el conflicto familiar.
  • Residencias infantiles (3-18 años). Están situadas cerca de la zona donde han nacido los niños para que no pierden lazos con amigos y vecinos. Trabajan con los servicios sociales.
  • Hogares o grupos familiares (3-18 años). Opción preferente cuando el menor va a permanecer una larga temporada.
  • Residencias de adolescentes (15-18 años). Son pisos compartidos. Es el recurso más común para mayores de 15 años. Los trabajadores les ayudan a insertarse social y laboralmente.
  • Residencias específicas (0-18). Para casos que exigen una atención especializada, como discapacidades mentales, trastornos de conducta

A Angelines, como llamaban cariñosamente a la fallecida, la conocía todo el mundo en el pueblo. Llegó de Parla a Ciempozuelos con 15 años, tenía mucho temperamento, bebía seis tazas de café al día y enlazaba un cigarro con otro. Murió de hambre o de depresión porque en los últimos años ella vivía por y para su hija pequeña, una niña que nació fruto de una relación con un vecino del barrio, El Pescadero. Cuando los servicios sociales del Ayuntamiento entregaron a su hija, de cuatro años, a una familia en adopción, Angelines sufrió un duro golpe. “Estaba muy afectada, dejó de comer”, comentan algunas vecinas del bloque de su vivienda. Su marido cree que la muerte se podría haber evitado si hubieran aceptado la solicitud de ingresarla en una residencia, cuenta resignado.

No se explica cómo han tardado dos años en encontrar el cuerpo sin vida. Los primeros en avisar de la desaparición de Angelines fueron los servicios sociales del Ayuntamiento hace al menos tres años. A los trabajadores les extrañó que dejara de pasarse a recoger un paquete de comida que tenía asignado semanalmente, afirman fuentes del Consistorio. La policía, junto con la Guardia Civil, comenzó a investigar la desaparición. Solicitaron una orden judicial para poder entrar a su casa, pero el magistrado se la denegó porque el marido había “dejado de tener relación con su esposa. Estaba cumpliendo condena por un delito de violación a la hermana de su mujer”, alegó el auto. No fue la única vez que el juez rechazó una petición igual.

En septiembre de 2011, Eduardo Ruiz aprovechando un permiso penitenciario, se acercó a la comisaría de Ciempozuelos para informarles de que no tenía noticias de su mujer desde hacía un año. Algunos vecinos aseguraron haberla visto durante las fiestas patronales que se celebran durante los primeros días de septiembre, otros creyeron verla por Aranjuez. La investigación policial no avanzó más.

Los vecinos tampoco entienden cómo ha podido pasar tanto tiempo hasta haber encontrado el cuerpo. Los mismos que vivieron puerta con puerta con ella y denunciaron reiteradamente los malos olores durante el último año. Especialmente durante el verano. Ellos tenían claro que el nido de bichos que salía de esa casa no escondía nada bueno. “Podrían habernos denunciado por allanamiento de morada”. La policía no pudo hacer nada porque necesitaban, de nuevo, una orden del juez.

El Ayuntamiento, ante las quejas, pidió al Instituto de la Vivienda de Madrid (Ivima), que limpiara el edificio para intentar solucionar el mal olor. Solo pudo adecentarlo por fuera porque el juez, de nuevo, había desestimado la orden de entrada al domicilio.

La Policía Municipal continuó buscando a Ángeles Fernández hasta que Eduardo Ruiz cumplió condena. Como no tenía adónde ir, y aunque sabía que el matrimonio estaba roto, el 5 de octubre llamó a la puerta. Nadie contestó, perdió los nervios y, de una patada, echó la puerta abajo. Pensó que su mujer estaba ahí y no quería saber nada de él. También creyó que Angelines se había ido con otro.

“Está claro que ha fallado la cadena, y esperemos que esto no vuelva a ocurrirle a ninguna familia más”, añade Juan José. “Ahora que soy padre me doy cuenta que el mío nunca se portó bien con nosotros, me duele que diga que no nos ocupamos de ella”, aclara. Juan José quiere que todo acabe cuanto antes y vivir tranquilo con su familia. Desde agosto está en paro, aunque dice que nunca le ha faltado trabajo. Está pensando en incinerar a su madre y esparcir sus cenizas en el mar. “Nunca conoció la playa”.

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