POP

Otra voz del país que no pudo ser

el torrentino Pau Alabajos se marcaba el sábado, con aforo a reventar, algo más que un concierto

¿De qué hablamos cuando hablamos de música? Es imposible sustraerse al entorno cuando la anomalía se eleva a categoría de rutina. En un país normal (y no perplejo como este, por decirlo suavemente: la realidad superó ampliamente el lejano vaticinio de J. V. Marqués) sería habitual que músicos locales, que se expresan en la lengua propia y esgrimen un inequívoco compromiso identitario, actuasen con frecuencia en el principal y más suntuoso recinto público de su capital. Al menos, no en inferioridad de condiciones respecto a Pantojas, Malús o Pecos. Ocurre que en este fallero y surrealista terruño eso es la excepción. Así que en el mismo recinto en el que hace siete años la plana mayor de los músicos en valenciano reclamaba visibilidad, el torrentino Pau Alabajos se marcaba el sábado, con aforo a reventar, algo más que un concierto: una demostración de poderío colectivo. Un soplo de normalización en nuestro rancio establishment musical (¿cultural?) público.

Pau Alabajos i la Orquestra Simfònica del Coral Romput

Palau de la Música. Valencia, sábado 29 de septiembre.

El set trataba de conmemorar sus diez años de carrera, y jalonar el trayecto con la poesía de Vicent Andrés Estellés. Las intervenciones de una cautivadora Amàlia Garrigós, un rotundo Vicent Partal o un afilado Feliu Ventura, entre otros, resultaron imponentes por su fuerza expresiva y capacidad de vindicación de nuestra mejor esencia como pueblo. También lo fueron los temas de Alabajos, quien ganó más enteros con el intimismo de Inventari o Cançó explícita que con el barniz pop de 1948. Quizá eso emborrone en ciertos momentos la justificación del recurso sinfónico, aunque pueda ser pecata minuta cuando el principal leit motiv es la reafirmación idiosincrática (Al Vent o La Muixeranga casi al final). Una subordinación del medio al mensaje que el propio Alabajos debe asumir conscientemente, convertido por méritos propios en el cantautor de cabecera de las causas justas. Porque la abierta explicitud de ciertos mensajes, con el riesgo de fricción populista o panfletaria que conlleva, no deja de ser un recurso válido cuando uno carece de altavoces. La noche acabó con más de un grito desde la platea en favor de esa voluntad soberana que nuestra alcaldesa afea a nuestros vecinos del norte. Y la sensación de que solo en esta clase de liturgias podremos escapar a la máxima burgueriana de que es más sencillo llamar a las cosas por su nombre oficial. Este, no nos engañemos, es el país que no pudo ser. Y Alabajos su última voz.

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