OPINIÓN

Política y “apolíticos”

La democracia es un compromiso que depende de todos

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Recordando a Pericles, un ilustre profesor advertía que si encontramos a alguien que se proclama “apolítico”, hay que tener cuidado con él, porque no es una persona inocente, sino inútil. Y es que la “política” ha caído en un desprestigio social tan preocupante que casi nadie quiere que se le confunda con los “políticos”. Algún bromista ha llegado a decir que la política es el segundo oficio más viejo del mundo y el que más se parece al primero.

Por ello creo que resulta imprescindible recuperar el auténtico sentido de la política como una de las tareas más nobles que debemos realizar en nuestra vida. La política es el modo de organizar la vida en común para alcanzar el bienestar de todos los ciudadanos y la cohesión social en la comunidad. La política es la respuesta a cómo vivir juntos, a cómo queremos vivir juntos.

TOMÁS ONDARRA

Ese bienestar, que es por tanto el objetivo de la política, demanda la satisfacción de las necesidades básicas (naturales, culturales y morales) y la realización y potenciación de las capacidades centrales de todos los seres humanos. El bienestar es el derecho de todos a una vida digna, a una vida valiosa y agradable, en libertad y en paz. El bienestar es un derecho universal integrador de todos los derechos en un proceso multidimensional y permanente de garantía de las libertades reales.

Pero el bienestar individual, nuestro propio bienestar, sólo puede alcanzarse en comunidad, en las diversas comunidades en que nos integramos. Y cuando una comunidad incorpora, articula y organiza a todas las personas que viven en un territorio para promover su bienestar, esa es una comunidad política, una comunidad política en la que todos debemos ser responsables y participar en la definición de ese bienestar y en el modo de conseguirlo. Es decir, todos somos políticos, debemos ser políticos, en este noble sentido del término.

Y en este punto es necesario recordar ya que la paz es el fin incondicional y previo a todos los fines de la política. Todos sabemos por nuestra propia experiencia personal que la paz es una situación de bienestar y cohesión social, un proceso positivo, dinámico y participativo de transformación social, un modo de vida, una cultura.

La paz es el instrumento que nos permite alcanzar esas libertades reales, que nos impulsa a crear moradas, mejor que a buscar raíces que pueden ser exclusivas y excluyentes. La paz es avanzar hacia una patria ética desde las numerosas patrias étnicas.

La política es la respuesta a cómo vivir juntos, cómo queremos vivir juntos

Como nos enseña N. Bilbeny, “la paz se prepara escuchando y dialogando, se obtiene mediante el acuerdo y el compromiso, se mantiene con tolerancia y solidaridad, y se vive en libertad e igualdad”.

Y conviene recordar que la antítesis de la paz, la negación de la paz, no es el conflicto, sino la violencia. El conflicto es inherente a nuestras vidas en todos sus ámbitos y la violencia es la negación del acuerdo, la intolerancia, la imposición y la agresión deslegitimadora de los fines políticos. La violencia, como nos enseñó Saramago, es siempre una forma de ceguera.

La comunidad política (ciudad, país, Estado) debe organizar la vida en común para garantizar y debe hacerlo con la participación de todos, para así decidir entre todos cómo queremos vivir juntos y cómo queremos alcanzar la cohesión social. Esa comunidad así gestionada es entonces una auténtica comunidad democrática en la que el poder, el poder político, el poder para tomar decisiones, radica en el pueblo, es decir en los ciudadanos, en todos los ciudadanos.

La democracia se funda en los valores superiores de la libertad y de la igualdad, reales y efectivas. Es un instrumento que sirve para todos y un compromiso que depende de todos. “Una sociedad democrática es un sistema equitativo de cooperación social entre ciudadanos libres e iguales” (John Rawls).

Pero vivimos en un mundo en el que la palabra clave es “crisis", crisis multidimensional y asfixiante, y donde nos rodean fantasmas que nadie explica como déficit, secuestro, prima de riesgo, mercados, bancos malos,.. y todo ello se traduce, eso sí, en recortes, recortes y más recortes que nada solucionan y que agravan la angustia de millones de personas a las que se les niegan o reducen sus derechos sociales básicos, con el contraste alucinante del circo del deporte superprofesionalizado o de programas de televisión que actúan como auténticas armas de cretinización masiva, entre otras lindezas.

Monsivais ya nos alertó del peligro de que el pueblo se convierta en público; de que nosotros, el pueblo, los ciudadanos, nos convirtamos simplemente en espectadores. Y en estos momentos de “crisis total”, de situación angustiosa de paro, pobreza, falta de oportunidades, exclusión social,… es necesario que los ciudadanos, además de indignarnos, asumamos nuestra responsabilidad ciudadana, nuestra responsabilidad política, frente a los que se han apropiado de la política y han formado una especie de casta o clase social en la que en demasiadas ocasiones se mezcla la deslealtad con los electores, la corrupción en la Administración pública del dinero de todos o la inutilidad o improcedencia de sus decisiones para dirigir la comunidad hacia el bienestar de todos.

Pero en este mundo de oscuridad y tristeza resuena en nuestra ayuda la voz del gran poeta Pablo Neruda que nos exhorta a cumplir nuestra obligación política de ser luz, de indignarnos, pero también de comprometernos y de actuar: “Debemos andar con el viento y al agua, abrir ventanas, echar abajo puertas, romper muros, iluminar rincones,… ir y venir por las calles, las casas y los hombres destruyendo la oscuridad… hasta que todo sea día, hasta que todo sea claridad y alegría en la tierra”. (Oda a la claridad).

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