Una limpieza aérea en el asfalto

El aeropuerto de Barajas inhabilita dos pistas durante 24 horas para eliminar el caucho del pavimento y arreglar imperfecciones y grietas

Señal donde tienen que posar las ruedas los aviones al aterrizar visiblemente deteriorada por la goma de los neumáticos. / CRISTÓBAL MANUEL

Las pistas están desiertas. El sol choca contra el asfalto y a lo lejos se ven en plena tarea a varios camiones, algo borrosos por el calor que desprende el pavimento. Los aviones no pueden pisar las pistas de aterrizaje y despegue de la zona oeste (o izquierdas) del aeropuerto de Barajas, inhabilitadas durante 24 horas por tareas de limpieza, mantenimiento y conservación. Solo los todoterrenos y las extrañas máquinas que suelen verse en los aeródromos parecen mantener un ritmo frenético de trabajo. El tiempo es limitado y no existe la posibilidad de que les amplíen las horas. Esas dos pistas son necesarias para poder acoger el flujo de viajes que van y vienen a la capital desde todos los lugares del mundo.

El pasado sábado, desde las cuatro de la tarde hasta las dos del mediodía del domingo, se llevaron a cabo las tareas de limpieza en profundidad que se hacen bianualmente en Barajas. Se repintan las líneas para que puedan verse desde el aire, se elimina el caucho que las ruedas dejan en el pavimento al chocar cada vez que se realiza un aterrizaje, arreglan las grietas y las luces fundidas, limpian los canales de drenaje del agua y hasta siegan las zonas colindantes a las pistas. Todo tiene que estar en perfecto estado tanto por seguridad como para cumplir la normativa aeronáutica internacional. En un par de semanas cerrarán las pistas del este (o derechas) donde harán los mismos ajustes. El presupuesto que han utilizado para esta actividad no lo especifican. Fuentes de Aena informan de que el plan de presupuesto preventivo para el mantenimiento y conservación de todo el entramado del aeropuerto es de seis millones y medio de euros.

Un hombre repara la zona de emergencia de frenado. / C. M.

Los viajeros caminan por las terminales, ajenos a los trabajos de mejora. El aeropuerto sigue funcionando. Los aviones siguen volando y nadie parece darse cuenta de que dos de las cuatro pistas que tiene el aeropuerto de Madrid, el que más vuelos efectúa al día en España (una media de 1100, según Aena), están completamente cerradas. “La gente puede pensar que los fines de semana hay más flujo aéreo, pero es precisamente lo contrario”, explica Yolanda Rubio, jefa de departamento de campo de vuelo e ingeniera aeronáutica. Esta vez se van a centrar en la retirada de la goma que queda en el asfalto, sobre todo en la pista donde suelen aterrizar los aviones.

El pavimento, más rugoso que una carretera normal para que las ruedas se agarren al 100%, parece un mar negro, y la goma perdida en cada aterrizaje pequeños peces que van a desaparecer. Un gran camión azul, recién llegado de Alemania y propiedad de la empresa subcontratada para el trabajo, Strate, se mueve por la pista. Su función es eliminar el caucho con agua a presión, que se sitúa entre 1.000 y 2.500 bares, o lo que es lo mismo, a una presión capaz de cortar piedra o acero. Una placa sale del camión y avanza pegada al suelo expulsando el agua y dejando tras de sí una línea blanca y mojada. Es el eje donde se apoyará el avión al aterrizar y al despegar. “Eliminar el caucho es necesario, sobre todo si llueve. Se podría crear una película entre la goma desprendida y las ruedas, lo que podría provocar aquaplaning”, señala Rubio.

La limpieza en profundidad tiene que organizarse meses antes. “Es un lujo que podamos llevar a cabo las labores de mantenimiento a la luz del día”, asegura Rubio. Las tareas de limpieza más superficiales y los análisis de laboratorio se hacen trimestralmente y de noche, así como la revisión mensual de cada una de las pistas. Aun así, siempre hay cambios de última hora debido a la actividad continua del aeropuerto. “En noviembre presentamos el plan. Ayer nos llamaron y nos retrasaron la hora de inicio y nos adelantaron la hora de finalización. Vamos a estar 22 horas sin parar ni un instante”, dice Rubio, caminando por una de las pistas, de 4 kilómetros de longitud y 60 metros de anchura.

El aeropuerto es un mundo aparte. “Es cuatro veces Melilla”, puntualiza la ingeniera, oriunda de esa ciudad. Las calles, las pistas e incluso la fauna y la flora están cuidadosamente vigiladas. “Nada se puede escapar, es parte de la seguridad de Barajas”.

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