ANÁLISIS

Lo mío para mí y Dios para todos

TOMÁS ONDARRA

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad económica están ligados con conceptos básicos, difíciles de definir con precisión y sobre todo de aplicar con corrección. La solidaridad y la equidad son dos de ellos. Pensemos en dos problemas cercanos: la construcción europea y el problema del euro, por un lado, y el entramado institucional de las CC. AA. y su financiación, por otro.

En el primer ejemplo la crisis económica ha sacado a la luz cuestiones que antes estaban algo más ocultas. Ahora se habla con claridad meridiana de los países del norte y del sur, de los países acreedores y deudores, de los que cumplen y los que no cumplen con las reglas y de los que para ayudar a los que peor se encuentran tienen que aportar más de lo que se considera, a su juicio, deseable. La propuesta de mutualizar la deuda aparece en el discurso de los que precisan ayuda pero no es aceptada por los que muestran su oposición a este ejercicio de compartir los riesgos y la deuda con otros países de la zona euro. Detrás de las dificultades que venimos padeciendo para encontrar una solución duradera a esta crisis aparecen varios factores. Muchos han sido analizados hasta la saciedad. Quizá no esté de más que miremos a la solidaridad y a su ejercicio como uno más de los que necesariamente hay que tener en cuenta.

En el segundo ejemplo, existen problemas técnicos relacionados con el modelo de financiación aprobado para las Comunidades Autónomas de Régimen Común pero también aflora, como el Guadiana, la cuestión relacionada con las aportaciones netas al Fondo de Solidaridad. Una de las razones que se han apuntado como motor del reciente empuje a favor del independentismo en Cataluña es precisamente la sensación de muchos catalanes de que los ajustes y recortes que tienen que soportar en el presente no hubieran sido necesarios si hubieran dispuesto de todos los ingresos fiscales recaudados en Cataluña.

“La Unión hace la fuerza” es un dicho muy socorrido. Pero la unión es difícil que tenga éxito cuando aparecen lo que alguna de las partes considera agravios comparativos y cuando no se está de acuerdo con la forma utilizada para garantizar el cumplimiento del principio de igualdad entre naciones, regiones o personas. El dicho de “Lo mío para mí y Dios para todos”, puede ser también ilustrativo de lo que subyace en las dos situaciones descritas.

Muchos problemas actuales están ligados a la equidad y la solidaridad

Se ha construido la Unión Europea sin que los países que la componen estén “obligados” a ser solidarios en épocas difíciles como las actuales. Se ha construido el entramado de las CC. AA. sin resolver adecuadamente el problema que se plantea con el esfuerzo de la redistribución cuando en lugar de épocas de bonanza se viven situaciones de crisis prolongadas. Es difícil hacerlo bien pero no vale no abordar el problema con todas sus consecuencias.

El concepto de solidaridad tiene similitudes con el de equidad. El primero se puede entender desde el principio de que todas las especies vivas tenemos algo en común y nos necesitamos, nos interrelacionamos y, por tanto, debemos cuidarnos mutuamente. La conciencia de unidad, todos somos hermanos, se parece a la equidad pero no es lo mismo. Al menos así me lo parece aunque quizá esto se deba a que la equidad ha disfrutado, en el campo de la teoría económica, de análisis conceptuales muy específicos basados en la filosofía humanista utilitarista (desde el concepto de “no envidia”, al de comportamiento cooperativo). Pero no iré por ese camino que nos llevaría demasiado lejos. Sólo mencionaré que la equidad, en términos generales se puede definir como la actitud mental y vital que induce a dar a cada cual lo que se merece. La cuestión es ¿y qué es lo que se merece cada cual?

La pregunta obliga a definir el modo en que la gente cree que los demás deben comportarse. Y la necesidad y existencia de estos juicios se han hecho meridianamente claro en el caso europeo. Los ciudadanos de unos países juzgamos el comportamiento de los de otros. El caso griego puede considerarse como paradigmático. Les hemos juzgado y, en gran medida, condenado. Ha habido y sigue habiendo otro tipo de juicios (lo que opinan los alemanes de nosotros o lo que nosotros opinamos de ellos). Y esto es importante porque hay decisiones de carácter económico que dependen de la forma en que las personas o los países son juzgados y se sienten juzgados. Por ejemplo la negativa a aceptar la figura de los eurobonos se puede entender como el miedo a tener que compartir el riesgo con alguien a quien no se considera solvente o de fiar. O los catalanes en su esfuerzo solidario se pueden sentir mal porque se consideran arrojados al grupo de los “ni agradecidos ni pagados”.

Todo esto es muy complicado. No hay reglas sencillas que permitan que las naciones o los individuos seamos solidarios o equitativos sin experimentar el deseo de buscar otra manera menos exigente de conseguirlo. Cualquier solución, la elección de una regla sostenible en el tiempo, precisa de lucidez al definir los conceptos, de una discusión reposada y de líderes capaces de explicar lo que está en juego a la hora de forjar mayorías. Afortunadamente no faltan análisis y propuestas donde poder inspirarse.

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