El frágil refugio del jazz

Treinta años después, los principios fundacionales del Café Central siguen vigentes

Los dueños del Café Central, en el local. / SAMUEL SÁNCHEZ

“Si el Café Central no fuera nuestro, de todos modos vendríamos mucho”, ríen Gerardo Pérez y Nanye Blázquez, dos de los socios fundadores de este emblemático local situado en la plaza del Ángel de Madrid, un lugar especial para músicos y amantes del jazz por ser el único que se ha mantenido durante 30 años programando música en vivo a diario y sin renunciar a su espíritu original. Pedro Iturralde, Lou Bennett, Art Farmer, Chano Domínguez, Bob Sands, Javier Colina, Javier Krahe, Barry Harris… La lista es larga, pues hablamos de una historia formidable de 10.800 conciertos, muchos de ellos excelentes pero ruinosos y otros absolutamente memorables, como los de Don Pullen, en 1988, que pusieron al Café Central en el circuito internacional, o las cinco semanas seguidas a piano solo de Tete Montoliu, el salvador del establecimiento en 1994, cuando el verano y los mundiales se confabularon para ganarle la partida al jazz.

Afortunadamente no fue así. El Café Central sobrevivió a aquella crisis de león y a otras muchas después, e increíblemente llegó vivo a este mes de agosto de 2012 en el que ha querido regalarse —y regalar al público— una programación especial, con cuatro semanas dedicadas a Chano Domínguez, Zenet, Paquito D’Rivera y al trío compuesto por Javier Colina, Perico Sambeat y Marc Miralta.

“Llegar hasta aquí ha sido duro, para qué nos vamos a engañar”, dice Gerardo Pérez. “Pero ha merecido la pena”.

Los pasos del Café Central

La trompeta y el pie de Jerry González, en una actuación en 2010. / Álvaro García

Los primeros pasos del Central son conocidos. El dictador acababa de morir y ellos eran cinco jóvenes amigos que estudiaban en la universidad, salían juntos y tenían inquietudes políticas y gustos similares. “Íbamos a los conciertos en el San Juan Evangelista, en el Birimbau, en el Balboa Jazz… Al abrir el Café pensamos: ‘queremos hacer un sitio al que a nosotros nos gustaría ir”. Un sitio “bonito, con música tranquila, donde siempre hubiera una propuesta de calidad y nunca encontraras un músico que te causara sonrojo”, cuenta Pérez.

La tesis de partida era que en una ciudad como Madrid había público suficiente para que 100 personas acudieran todas las noches a escuchar un concierto en vivo, bien de jazz o de otras músicas de calidad. Y así empezaron.

El local era una antigua casa de marcos y cristales, cerrada en 1981, y ese mismo año ellos lo alquilaron al precio de 80.000 pesetas mensuales. Tras la pertinente reforma —“la primera discusión se produjo por dónde íbamos a colocar el escenario”— el 12 de agosto de 1982 abrió sus puertas el Café con un piano de pared prestado y una pequeña tarimilla que más tarde fue ampliándose.

Los ochenta fueron sobre todo de los grupos españoles pero, a partir de 1988, con los conciertos del George Adams-Don Pullen Quartet, se abrió el mejillón: fallecidos ilustres como Jeanne Lee, Mal Waldron, Tal Farlow, o vivos como Randy Weston, Lee Konitz, Houston Person o Etta Jones pasaron por el Central, la mayoría varias veces.

De los cinco socios originales quedan cuatro, si bien Gerardo, que estudió Derecho, y Nanye, psicólogo de formación —“aunque en toda mi vida solo he curado a un paciente”, admite—, son los gestores que llevan el día a día del Café y su programación.

En 1994, Tete Montoliu sumó 31 días de actuaciones un Central que languidecía. Fue un éxito.

Aniversario y retornos

El pasado 6 de agosto era un día especial. Chano Domínguez llevaba casi una década sin tocar aquí. Acaba una pieza de Thelonius Monk para entrarle a Hacia donde, de la cubana Marta Valdés, que trufa con una versión de El manisero. El local está hasta los topes, 110 o 115 personas, no más porque no caben más. Las primeras 70 entradas son para cubrir el caché de los músicos y los gastos.

En una pausa, Chano recuerda la primera vez que tocó en el Central hace 20 años y se refiere al “lujo que es para un grupo de jazz tocar en un local que te contrate por una semana entera. A uno le da tiempo a crecer”, asegura, “tanto es así que de aquí han salido formaciones directamente a grabar al estudio”. Por eso, dice, “para nosotros, para los músicos de jazz, el Café Central es un lugar mítico”.

Gerardo y Nanye afirman que, entre las pocas cosas que tenían claras, una era esa: los grupos debían estar una semana para que la música fuera fluyendo y elevándose. El contrabajista Javier Colina, que en 1995 grabó un disco de lujo en el Central con Tete Montoliu, considera que este modo de trabajar, “único en España y en muchas partes del mundo”, ha hecho más por el jazz que muchas casas de discos. “Por desgracia, en España el jazz siempre fue algo de minorías, casi marginal; pero el Central siempre era nuestro último refugio”.

En 1991, la revista británica Wire elaboró la lista de los mejores clubes de jazz europeos e incluyó al Café Central en octavo lugar. En 2002 —y a partir de entonces cada año— la prestigiosa publicación norteamericana Down Beat hizo otra selección con los 100 sitios para escuchar jazz en el mundo: el Café Central era el único club de España que salía. Down Beat amplió este año la lista hasta 212 locales, pero, de nuevo, el Central es el único español. “Los reconocimientos dan satisfacción y son bienvenidos, aunque no sirven para pagar la renta”, bromea Pérez.

Igual que en otros momentos de su historia, la situación del Café hoy es crítica. Verano, Eurocopa y crisis galopante son la tormenta perfecta para el jazz, aunque lo peor de todo ahora es la espada de Damocles que pende sobre los contratos de prórroga forzosa, como el que tiene el Café Central. Por una reciente resolución judicial, todos estos contratos vencen en enero de 2015. “Ya hay franquicias que están dispuestas a pagar cinco veces lo que nosotros, así que si no ocurre un milagro tendremos que irnos y esto será un McDonalds”.

Hace 18 años, coincidiendo con otro mundial y otro verano, el establecimiento estuvo a punto de quebrar. “Pero en 1994 estaba Tete Montoliu para salvarnos”, dice Blázquez, que le tira un beso al cielo al pianista catalán. “El Café se hundía, tenía el agua hasta los ojos y Tete Montoliu, con treinta y un días de su música, nos la bajó hasta la barbilla. Respiramos. Por eso será siempre el músico más importante para el Café Central”, dice Gerardo Pérez.

Mientras Pérez evoca aquel episodio, Chano Domínguez termina un maravilloso Fuego fatuo, de Falla, que ha evolucionado a Monk. “La música cura’, me dijo una vez en este mismo escenario Randy Weston, y es verdad”, afirma Nanye. Y recuerda otra frase redonda del cineasta Fernando Trueba: “Un solo de Paquito [D’Rivera] te puede arreglar un mal día”.

Así es y, como hasta la última noche habrá música en el Central, nada de lamentos.

Los hitos de un club treinteañero

  • Agosto de 1982. Cinco amigos aficionados al jazz fundan el Café Central en una antigua tienda de marcos y espejos. Pagaban 80.000 pesetas por el alquiler del local.
  • 1988. Tras unos inicios de apoyo a músicos españoles, el club se lanza a programar actuaciones de artistas internacionales. Un piano de cola sustituye en 1989 el de pared de los primeros años.
  • 1991. La prestigiosa revista británica especializada Wire elabora una lista de los mejores clubes de jazz europeos. El Café Central figura en octava posición.
  • 1994. Tete Montoliu rescata el local de la ruina actuando durante cinco semanas seguidas. Los meses previos habían sido calamitosos por la competencia del Mundial de fútbol de EE UU y la escasa afluencia de gente.
  • 2002. La prestigiosa revista de jazz estadounidense Down Beat publica una lista con los 100 sitios para escuchar jazz en el mundo. El Café Central es el único español de la lista.
  • 2005-2006. Las obras en la plaza del Ángel reducen la afluencia de público a la sala.

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