feria de málaga

El ojo de la cerradura

Los toros no acudieron con franquía a los capotes, se reservaron en banderillas y llegaron aplomados, sin vida, sin casta ni rastro de codicia a la muleta.

Luis Bolívar, con la muleta en el tercer toro de la tarde. / GARCÍA-SANTOS

El ojo de la cerradura no es el título de una película de suspense, y, si lo es, no viene al caso. Es el nombre por el se conoce el dibujo que se pinta en el ruedo las tardes de las corridas concursos, y que marca el espacio donde se debe celebrar el tercio de la pica.

Ayer, la Malagueta apareció con un ojo de la cerradura en su arena por iniciativa de los miembros de la Asociación de Aficionados Prácticos que, en colaboración con la empresa, decidieron potenciar la suerte de varas e, incluso, instituyeron un premio de 500 euros para el picador que mejor realizase su trabajo.

Curiosa y loable propuesta por parte de sus promotores. Está bien que el público conozca que existe la suerte de varas y el papel fundamental que debe desarrollar en el curso de la lidia. Por el contrario, pone de manifiesto que los picadores y la suerte misma viven sus horas más bajas, desde el momento que se convierte en suceso extraordinario lo que debe ser normal cada tarde. Pero a los aficionados prácticos les acompaña el buen fin: como los toros no resisten ni un picotazo para un análisis clínico, como los lidiadores se inhiben de su sagrada obligación de colocar en suerte a los toros, como los picadores no destacan por sus conocimientos y manejo del caballo y la puya, y, finalmente, como la mayoría de los espectadores aplauden a los montados por no picar, está muy bien que un día, sin venir a cuento, a alguien se le ocurra pintar un ojo de la cerradura en el ruedo y se intenten hacer las cosas como mandan las normas.

La corrida fue un intento baldío de potenciar la suerte de varas

Así, pues, se repartió entre los asistentes una octavilla con las disposiciones a seguir, se nombró un jurado y empezó la competición a ver qué señor del castoreño se embolsaba el premio en metálico.

Pero los aficionados prácticos proponen y el toro descompone. La corrida de Guardiola, que el año anterior se ganó todos los premios en liza en esta misma feria, salió rana y dijo que no embestía. Desigualmente presentada —algunos toros solo se salvaron por sus descarados pitones—, fue todo un derroche de mansedumbre y mala casta; muy reservones todos, y sin clase, ni colaboraron a potenciar la suerte de varas ni al éxito de los toreros. Así las cosas, se hizo lo que se pudo para colocar a los toros en El ojo de la cerradura, pero ninguno protagonizó una pelea de bravo, todos huyeron despavoridos e hicieron añicos las buenas intenciones de quienes esperaban gozar con la belleza del primer tercio.

Y si se atreven a mirar por el desdibujado ojo que al final de la corrida aún quedaba en la arena, es fácil concluir que el resultado artístico del festejo transcurrió parejo al desastre piquero. Los toros no acudieron con franquía a los capotes, se reservaron en banderillas y llegaron aplomados, sin vida, sin casta ni rastro de codicia a la muleta. En consecuencia, un par de horas y media de aburrimiento.

Tampoco es que la terna fuera toda ella un dechado de ánimo y valeroso conocimiento. Es de justicia destacar, eso sí, a Luis Bolívar, acostumbrado a los hierros más duros, con el cuerpo ya raído a cicatrices, y, al parecer, con la entrega intacta. Su primero era un astifino que desarrolló un genio que daba pánico. Al inicio de la faena de muleta, lo citó Bolívar desde el centro del anillo, el animal dudó unos instantes, y se arrancó, finalmente, como una exhalación, y allí lo esperó el torero, derecho como una vela, con las zapatillas asentadas, y aguantando lo inaguantable. Fue lo más intenso de la tarde, lo más valeroso y emotivo. La faena resultó desordenada y sin hondura, pero con el interés que ofrecen los toros dificultosos. Salvó Bolívar el examen con la satisfacción del deber cumplido, que no es poco en situación tan poco propicia. El sexto era un marrajo con lo buscaba con saña, e hizo bien en quitárselo de encima con prontitud.

Los toros de Guardiola, una mansada, reservona y descastada

Tampoco acompañó la suerte a El Fundi, que fue recibido con una ovación por aquello de su despedida, y salio a pie de la plaza. No tuvo toros, es verdad, pero tampoco es mentira que este torero no es a estas alturas ni sombra de lo que fue. Atrás quedó el maestro enciclopédico, y se muestra ahora sin fuelle ni poderío, triste y sin alma. Fue la suya una despedida sin pena ni gloria, impropia de un torero de su categoría.

Y también hizo el paseíllo José Luis Moreno, un diestro de capa caída, que apuntó alto en su día y se ha venido abajo. Se le vio desanimado, sin entrega, muy dubitativo y precavido. Así, aun con buenos toros, no es fácil que le sonría el triunfo.

Por cierto, ¿quién se llevó los 500 euros? Desierto quedó el premio; y bien podrían haberlo repartido entre los asistentes, que bastante aguantaron.

GUARDIOLA/EL FUNDI, MORENO, BOLÍVAR

Toros de Salvador Guardiola, desiguales de presentación, muy mansos, reservones y descastados.

El Fundi: pinchazo, media tendida y tres descabellos (ovación); pinchazo, casi entera caída y un descabello (silencio).

José Luis Moreno: dos pinchazos y un descabello (silencio); estocada, dos descabellos _aviso_ y seis descabellos (silencio).

Luis Bolívar: estocada en los costillares _aviso_ y dos descabellos (silencio); dos pinchazos y un descabello (silencio).

Plaza de la Malagueta. 14 de agosto. Quinta corrida de feria. Algo más de un cuarto de entrada.

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