BAJO EL PARAGUAS

A Bilbao y Donostia hemos de ir

La última vez que pisé las fiestas de San Sebastián estaba enamorado. Y menos mal. Que uno va con la esperanza de desayunar un par de huevos fritos de gaupasa y termina a medianoche con cara de filósofo existencialista, un helado en la mano y arena de playa incordiando en las zapatillas. Sí, ya sé lo que me van a decir los donostiarras. Que la juerga padre es el 20 de enero. Y en eso les doy la razón. Una farra sin concesiones, claro que sí, pero lo de las fiestas veraniegas, como la Zurriola sin surfistas rubios, ni fu ni fa. Eso sí, aquel agosto de hace muchos años descubrí el helado de stracciatella y cuando lo contaba en casa me miraban como los de Castellón a los aviones: ¿Straccia... qué? En Vitoria hemos sido más de comer pipas, qué le vamos a hacer.

En Bilbao, por su parte, están abducidos por las txosnas. De una a otra y vuelta a la una y luego a la otra. Y así todo el rato, como en un circuito de Fórmula 1. Que llega un momento que se te pone cara de Bill Murray en el Día de la Marmota y ni siquiera consigues ligarte a Andie MacDowell. ¿Y lo de ir a un hotel a tomar el vermú? Que yo sepa a los hoteles se va a dormir o a finiquitar un escarceo nocturno. Y como mucho a destrozarlos si eres una estrella de rock.

A mí de San Sebastián lo que me gusta de verdad son las gavillas del San Marcial y tomarme una caña en el Bukowski. Y de Bilbao, comprar libros en la Dos de Mayo y dar un garbeo hasta el Parque Etxebarria. Pero tampoco me hagan mucho caso, en realidad. Ahora que Celedón está a punto de marcharse, lo que busco desesperadamente son excusas para quedarme en casa, aunque sea viendo los telediarios de Somoano. A mí el trasnochar me caducó hace tiempo y solo de pensar que tengo que estirar la noche para coger el primer autobús de vuelta por la mañana, me viene una acidez al estómago que no me la quita una sobredosis de Almax. Pero bueno, si alguno de ustedes tiene un sofá con cheslong, o mejor, una habitación libre, no le hago ascos, porque en esto de la juerga, yo como Groucho Marx: estos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros.

Ahora que Celedón está a punto de irse busco excusas para quedarme en casa

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