Lidia

Vuelta por su cuenta

Juan Antonio Siro da una inesperada vuelta al ruedo en su confirmación tras algunos pitos

Madrid, cátedra del toreo, tiene mucha leyenda. Parte es negra y fomentada por el sistema taurino, obsesionado en su desprestigio, en quitarle valor a sus triunfos y su vara de medir. A los recién llegados se les suele calentar la cabeza con consejos de escasa efectividad, tópicos y mitos urbanos.

Alguien tuvo la nefasta idea, o quizá brotó de sí mismo, de decirle al que confirmaba que diese la vuelta al ruedo en el último, después de una estocada caída y algunos pitos durante la faena, pensando en que eso le podría servir para rascar por ahí algún contrato. Seguro que a Juan Antonio Siro le hace mucha ilusión, algún día, contarle a sus nietos, que en su confirmación dio una triunfal vuelta al ruedo. Nada más lejos de la realidad. Fue una falta de respeto a la plaza y a sus compañeros, fue andar por su cuenta. Porque para salir de la tronera hay que sentir cierto sonido de palmas, y para echarse el capote a rastras y echar un pie para bordear las rayas de picar.

A Madrid le han cabido toreros de todo tipo: gladiadores, técnicos, artistas.. Cada uno de su padre y de su madre, alguno figura de época, pero siempre cabales, entregados y sin racanear un aplauso. Siempre es mejor irse con un premio menor que robando la cartera. En Madrid solo hay un secreto: sinceridad y honestidad. La verdad por delante.

Anibal Ruiz y Sergio Marín, ante un encierro, con cierto resabio y parado, pero de bonita estampa, destacaron, el primero por su sentido de la lidia, y el segundo, por su entrega a porta gayola y gusto en un quite.

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Corresponsal de EL PAÍS en Silicon Valley

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