ANÁLISIS

La soberbia del PP

Cuando Mariano Rajoy explicaba en el Congreso las medidas que va a imponer a todos los españoles, en extremo restrictivas de derechos, en extremo coartadoras de espacios de libertad de los ciudadanos, los diputados y diputadas del PP prorrumpieron en aplausos mientras dirigían sus semblantes cómplices hacia su jefe. Algunos de ellos han dicho después que si actuaron de ese modo fue porque estaban escuchando palabras malsonantes, encolerizadas, procedentes de los diputados de los demás grupos. ¿Qué esperaban? ¿Acaso se puede reaccionar ante una pérdida de derechos tan flagrante con un “córcholis” o un “cáspita”? Lo cierto es que Rajoy retornó a su escaño y escuchó una clamorosa ovación.

Una de dos, o no habían escuchado todas sus palabras o son unos descarados de tomo y lomo. Porque Rajoy, entre hachazo y hachazo, había dicho que no le gustaban aquellas propuestas, como para fortalecer la inevitabilidad que le había llevado a tomarlas: “Las tengo que tomar aunque sea yo el primero al que no le gusta hacerlo”. Pero los suyos asistieron complacidos a esa retahíla de despropósitos. Que los funcionarios van a cobrar una paga menos: aplauso. Que los parados van a cobrar menos subsidio y durante menos tiempo: aplauso. Que las personas dependientes van a dejar de ser asistidas por un acompañante que les ayude a vivir con dignidad: aplauso. Que los partidos políticos, armazón insustituible de la democracia, van a percibir ayudas del Estado menos cuantiosas hasta poner en riesgo su existencia: aplauso. Que los trabajadores van a verse más desasistidos por la rebaja importante de las ayudas económicas a las organizaciones sindicales que les representan y defienden: aplauso. Que los jóvenes van a tener más dificultades para acceder a una beca, y para mantenerla posteriormente: aplauso. Que los artículos de primera necesidad van a ser más caros porque se les va a aplicar un IVA más alto: aplauso. Que ya no va a haber desgravación alguna por la compra de algo tan básico como la vivienda: aplauso.

Cuando el Gobierno de Zapatero tomó medidas restrictivas, los diputados socialistas no aplaudimos

La ovación final de quienes contemplaban al decidor con rostros condescendientes tuvo su broche en un “¡Qué se jodan!”, dirigido a los afectados por los recortes, pronunciado por una mujer millonaria y agraciada en cuanto a su belleza, claro está que hablamos de su belleza exterior, que no interior. Estas fueron, más o menos, las secuencias de la gran muestra de soberbia exhibida hace muy pocos días por el PP en el templo de la democracia española, que es el Congreso de los Diputados. Tras un ataque contra los más humildes, las manos que aplaudieron solo pueden corresponder a soberbios desalmados, gentes que se sienten ungidas por los óleos de los privilegiados, de los elegidos. ¡Había que ver sus rostros complacidos y satisfechos, sus semblantes sonrientes ante la afrenta que acababan de perpetrar! Me pregunto si hay alguno de aquellos 190 diputados del PP que procede de padres pobres y humildes que se desvivieron por proveerles de estudios y de medios para pasar a formar parte de la clase de los ricos y aventajados. Seguro que sí. ¿Qué estaban pensando esos mientras aplaudían? ¿

Ciertamente, las medidas son atroces, pero lo más brutal es la soberbia con que las aceptan y las aplauden los hombres y mujeres del PP. Porque Rajoy miente a sabiendas: no son inevitables porque no son las únicas que se pueden escoger. Sólo son “únicas” para sus conciencias clasistas y sometidas a sus exclusivos intereses. Y esa soberbia alcanza sus máximas cotas cuando los dirigentes del PP llaman a sus militantes menos señalados a “mantener la cabeza muy alta y salir a la calle con la cabeza enarbolada”, cuando se incita a los más sencillos de sus partidarios a "no avergonzarse" por participar de esas ruines decisiones. Claro, lo vergonzoso fue la actitud de los diputados del PP desbordándose en aplausos. Solo hubiera faltado que la misma que había voceado aquel “¡que se jodan!” dirigido a los parados, hubiera sacado una oreja de toro de su bolso de piel, se hubiera calado un sombrero de fieltro negro y ala ancha, y se la hubiera entregado al flamante Rajoy, acompañando el acto con un abrazo y una sonrisa.

¡Estimados lectores: perdonadme que haya intentado prender una sonrisa en el corazón de la tragedia!

Nota final: Nunca entendí bien que se aplaudiese en el Congreso de los Diputados, mientras fui diputado. Aplaudí alguna vez, pero evité el aplauso en la mayoría de las ocasiones. Pero recuerdo que cuando el Gobierno de Rodríguez Zapatero tomó medidas restrictivas, que podían afectar a algunos derechos conquistados por los ciudadanos a costa de empeños denodados, los diputados socialistas no aplaudimos. Están las grabaciones para atestiguarlo…para demostrar, entre otras cosas que los socialistas no tenemos casi nada que ver con la soberbia derecha española.

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