Vacaciones en el vertedero

Los vecinos de La Vega Baja montan un campamento para vigilar la empresa de Ángel Fenoll

El Juzgado de Cieza decretó el cierre cautelar del vertedero después investigar el Seprona

DAVID RODRÍGUEZ

Aprieta el calor a media tarde en el Campamento de la Salud mientras unas mujeres juegan una mano de chinchón frente al vertedero que La Murada (Orihuela) comparte con la localidad murciana de Albanilla. Llevan prácticamente una semana cocinando para un asentamiento espontáneo con una treintena de tiendas de campaña de muchos vecinos de la zona que piden el cierre del vertedero de Proambiente, empresa de Ángel Fenoll, presunto cabecilla del caso Brugal.La conversación gira en torno a una preocupación camino de la obsesión. “Hay una peste que se puede masticar”, asevera María Juárez que irrumpe en esta improvisada cocina que da de comer a una media de 40 personas diarias y en su mejor noche hasta 120. “Tengo 54 años y nunca me había dolido la cabeza. Empecé un día a toser sin parar y cada vez que respiraba me asfixiaba. El médico me acabó ingresando”.

 Es un olor “agrio”, describen las mujeres: “Muy raro, seca la garganta” y aparece especialmente por la noche con el cambio de viento. “Es insoportable, se queda dentro de las casas”, comenta alguna de ellas sujetando una mascarilla, al tiempo que estudian sus naipes y hablan de casos de asma entre sus nietos e hijos. Jesús, un niño que juega entre las tiendas, presenta síntomas de piel atópica: eccemas, piel estropajosa.

Varias mujeres juegan una partida de cartas en la acampada contra el vertedero. / DAVID RODRÍGUEZ

La idea del campamento cogió fuerza hasta materializarse el pasado viernes 13 cuando 500 vecinos de la zona se presentaron ante la empresa de Fenoll llenos de sospechas alimentadas durante más de una década. “Encontramos material sanitario en los enterramientos y eso no lo pueden tratar en el vertedero”, dice el portavoz de Vertivega, Vicente Pérez. La semana pasada el Juzgado de Cieza decretó el cierre cautelar del vertedero después de que el Seprona sorprendiera a 25 camiones vertiendo residuos sin tratar en fincas agrícolas. Y el diagnóstico de los análisis de las basuras fue claro: grave riesgo medioambiental.

A 300 metros de la base del campamento, el suelo supura humedad en un día en el que el termómetro del coche supera los 35 grados. Análisis químico en mano, Pérez se indigna y pide estudios completos del terreno y subsuelo: “Tenemos bajo nosotros un río de lixiviados”, un líquido contaminante negruzco y de olor penetrante resultado de la descomposición de materia orgánica. Tiene propiedades cancerígenas.

El Ayuntamiento de Orihuela explicó a los vecinos que el vertedero no puede verter residuos al estar clausurados los vasos de vertido, solo tratar; pero “aquí entran camiones con carga y salen sin ella, algunos sin pasar por la pesa”. Colgado de un poste de la cocina del campamento está la lista de turnos para el puesto de vigilancia de los camiones. Es lo que han llamado el Check Point Charlie. Grupos de vecinos con chalecos reflectantes hacen turnos de ocho horas todo el día, anotan las matrículas, la empresa y la procedencia. Vienen de la zona, pero también de Valencia o Tarragona. A las cuatro de la mañana la media se dispara de cuatro camiones por hora a 12. “La primera noche fueron hasta 180 camiones”, cuenta Teresa Tenza, de vuelta a la cocina. Varios de los que ya han hecho las guardias describen la misma sintomatología que Teresa al acabar la noche: sensación de falta de oxígeno, angustia, ardor, picores, vómitos...

Vicente Pérez, portavoz de los vecinos: “Tenemos bajo nosotros un río de lixiviados”

Un todoterreno que sale de un edificio que se anuncia como un zoo capta la atención de la gente. “¿Es Fenoll?”, se preguntan. “No, Fenoll lleva chófer”, corrige una de ellas, “ese será el hijo o el sobrino”. “Decía que si aquí pueden vivir los animales, nosotros también podríamos, recuerda Josefina Robira, heredera de un campo de almendros cercano que ha dejado de explotar. “Puso de todo, ¡hasta monos! ¡Y nada! Se le han muerto todos, solo le quedan unos caballos. Todos los que viven aquí se han ido”.

Los vecinos están decididos. Organizan actividades por las noches como conciertos, concursos para los niños, barbacoas: unas auténticas vacaciones de camping junto al vertedero. Y entre escaleras, y chinchones, las cocineras se plantan: “De aquí no nos movemos hasta que lo cierren para siempre. Aunque nos den las uvas”.

 

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