Barriga Verde o el títere insumiso

Un documental revisa las funciones de marionetas con las que la familia Silvent amenizaba las ferias de la posguerra

Santiago de Compostela 10 JUL 2012 - 21:05 CET

La barraca de Barriga Verde reconstruida por Viravolta.

Golpea al cura, se ríe del rey y exaspera al policía. A veces ni siquiera hay en su rostro de madera una expresión identificable, pero su condena de la autocomplacencia lo delata. El semblante de Pulcinella, Guignol, Punch o Kasper, casi marionetas nacionales en Italia, Francia, Inglaterra y Alemania, es siempre la de la irreverencia más clarividente, que el poder intenta neutralizar infantilizando al bufón. Morreu o demo, acabouse a peseta, un documental de la productora Tintimán dirigido por Pedro Solla, revisa esta figura del títere desobediente a través del personaje de Barriga Verde, el fantoche creado por la familia Silvent en los años treinta y el pariente más cercano del Pulcinella napolitano —probablemente, la marioneta europea más antigua— en la tradición galaica.

Si Barriga Verde era gallego, sus orígenes, no

 Si Barriga Verde era gallego, sus orígenes, no. “En la sociedad gallega rural, el único espectáculo de marionetas que existía hasta entonces era el de los ciegos, que cantaban y recitaban acompañados de títeres”, apunta Comba Campoy, productora del documental, grabado entre Barreiros, Pontevedra —donde vive parte de la familia Silvent— Francia, Italia, Portugal y República Checa, para explicar la filiación foránea de Barriga Verde. Inspirado en el don Roberto portugués, el monigote llegó a Galicia cuando en el resto de los países europeos, incluida España con su don Cristóbal, las marionetas como bufón del poder existían desde siglos antes con contenido adulto y tono insumiso.

“Siempre pensé que Punch y Judy [la longeva pareja de títeres del Reino Unido, documentada por primera vez en el siglo XVII y látigo de la rígida moral victoriana] era un espectáculo para adultos. ¡Si está lleno de sexo y violencia!”, reflexiona en el documental Penny Francis, una actriz y profesora británica. Además de los especialistas del teatro de títeres —como Jaroslav Blecha, jefe del departamento de historia del teatro del Museo de Moravia de Brno, en la República Checa— la cinta incluye las voces de Alfonso y Juan, descendientes de la generación que creó Barriga Verde y, como hijos de los inventores, Santiago y José Silvent—el último, el más famoso—, trabajadores de aquella factoría de marionetas que también ofreció espectáculos de variedades y cine ambulante. Ahí viene Martín Corona, la película que unió bajo los focos a Sara Montiel y a Pedro Infante, era garantía de éxito.

La cinta fue grabada en Galicia, Francia, República Checa, Italia y Portugal

La vida nómada de los Silvent, que en invierno dejaban la barraca y recorrían tabernas y salas de baile con un proyector de cine que para muchos niños del campo supuso su primer contacto con la gran pantalla, transcurrió en décadas de autoritarismo. El títere Barriga Verde ganó adeptos durante la dictadura franquista y, al igual que sus hermanos europeos, eligió siempre la lengua propia para sus disputas con la autoridad (en la República Checa, el fantoche Kasperle se mofó siempre en checo, frente al alemán como lengua de prestigio). Las autoridades no prestaban mucha atención a aquellos lances jocosos en los que la viuda alegre, el cura o el indiano acababan ridiculizados, aun cuando su tono era subversivo en comparación con el de El Flecha Juanín, una marioneta dócil nacida en el Frente de Juventudes de Falange.

Barriga Verde hacía aparición en la Pascua de Padrón y, después de recorrer Galicia durante meses, se despedía en octubre en las San Lucas de Mondoñedo, la última cita de la estación festiva, donde coincidía con su hermano Santiago, que conducía por el norte de Galicia su propio Barriga Verde. Los Silvent, una familia de titiriteros que con el tiempo acabaría disgregándose, —aunque los hermanos se repartieron Galicia para seguir por separado con el espectáculo—, recogieron una tradición muy antigua, la de la burla a la autoridad, que antes de en Europa echó raíces en India, China y Japón.

Morreu o demo, acabouse a peseta—con esta frase se despedía de su público el díscolo muñeco después fulminar al diablo de un estacazo— no es el primer intento de rescatar la memoria de Barriga Verde en los últimos tiempos. Hace dos años, Viravolta Títeres —una de las compañías que en los ochenta protagonizó la resurrección del teatro de guante en Galicia, con vocación política y didáctica— reconstruyó el Pavillón da risa, la barraca más célebre de Barriga Verde, que volvió a pisar la feria cuarenta años después de la muerte de José Silvent. “El teatro de títeres es la hermana pequeña del teatro de autor, siempre se la ha mirado por encima del hombro”, lamenta Campoy. La inestabilidad de los Silvent, que siempre cobraban por sus funciones, es hoy más actual que nunca, advierte la productora y actriz. “La fórmula que se genera, ya en la democracia, es la cultura como servicio público y muchas veces sin pagar entrada, así que con los recortes de las administraciones los titiriteros tienen que volver a pasar el gorro”.

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