La crisis dispara el número de pobres ‘energéticos’

El número de familias a las que Cáritas paga la factura de la energía se ha duplicado

La carestía de gas, luz y agua se añade al fin de los subsidios

La pareja de jubilados Maréa Guevara y Alfonso Fortea, en su casa. / SALVADOR FENOLL BERNABEU

Primero se paga el piso. Después la alimentación. Más adelante, si es posible, se cubren los recibos de la luz, el agua y el gas. La correlación de pagos es casi siempre idéntica entre las personas que llegan justas a final de mes. Pero muchos de ellos cada vez tienen más dificultades para cubrir el último tramo y crece con fuerza lo que ha pasado a denominarse “pobreza energética”: las dificultades para cubrir necesidades básicas de energía. Los cortes de suministro son otra dramática consecuencia de la crisis.

Las principales compañías consultadas por este diario se niegan a cuantificar el número de clientes que no pagan y, en consecuencia, se ven afectados por cortes de suministro. Solo Aguas de Barcelona reconoce que el número de recibos devueltos por impago en lo que va de 2012 ha sido del 5,8% (en 2009 fue del 4%) y que el incremento de los cortes de suministros se ha elevado el 2% en los dos últimos años. “Cuesta mucho que las empresas te den este tipo de datos”, denuncia Susana Roig, directora de atención a personas mayores de Cruz Roja.

Lo cierto, no obstante, es que a los servicios sociales llegan cada vez más casos de este tipo. Cáritas Diocesana casi ha duplicado en la primera mitad del año el número de familias (110) que demandaban ayuda para pagar los recibos de suministros básicos, que en la primera mitad del año han supuesto un gasto de 23.000 euros. Y la Cruz Roja, que no había entrado en este tipo de ayudas, se plantea ahora crear una reserva presupuestaria para poder ayudar a la gente que no puede asumir estos pagos. Mientras tanto, los sistemas de cobro de las compañías no paran. La eléctrica Endesa está ordenando el corte de suministros por deudas de cantidades inferiores a cinco euros.

“Cuando abone el agua, dejaré de pagar otra cosa”

Imma Gaya , en el comedor de su casa. / JOAN SÁNCHEZ

Imma Gaya siempre ha ido justa, pero nunca le ha faltado de nada. Hasta que hace unos meses se quedó en paro, cuenta. Es auxiliar de enfermería y hace sustituciones en Sant Pau. Pero con los recortes, no se contratan sustitutos. Tiene 42 años y un chaval de 12, y cobra 1.100 euros de paro. “Quinientos y pico se van con el alquiler, 300 con facturas, más imprevistos… me quedan 130 para comer”, echa cuentas. Y eso que se ha cambiado de piso para pagar menos. “Ahora mismo debo un recibo de agua. Al tercer aviso te la cortan”, dice por experiencia. “Pero cuando pague el agua, dejaré de pagar otra cosa”, suspira.

Le han cortado los suministros varias veces: “Cuando te cortan la luz no solo te quedas a oscuras, sin tele y sin poder cargar el móvil… es que tienes que coger todo lo que hay en la nevera y llevártelo a casa de tu madre”. El invierno pasado, su madre les compró calefactores, que gastan un montón. “Pero ¿qué vas a hacer con un niño?”, se lamenta. “Lo malo de mi sueldo es que no es suficientemente bajo como para tener derecho a ayudas, pero cada mes tengo que pedir 20 o 30 euros”, asegura.

Pero el impago de recibos no es el único elemento que determina la pobreza energética, que se acostumbra a vivir de puertas adentro: las facturas se pueden pagar, pero se controla el gasto y el mes se supera con una economía de guerra. Se aprovecha el agua de fuentes públicas. Se apagan luces de casa pese a ser necesarias. En invierno, la temperatura del hogar se mantiene por debajo de la idónea. La bombona de gas butano se comparte entre la cocina y la estufa. “Todo el mundo ha reducido el consumo de energía y hay mucha gente en situación de pobreza energética”, sentencia Mercè Darnell, de Cáritas.

O se liquida el alquiler o se come o se pagan facturas

Las entidades que ayudan a los más desfavorecidos están acostumbradas a casos dramáticos. Como el de una pareja que tuvo que dejar el piso donde vivía porque no podía pagarlo y alquiló una habitación en casa de otra familia. Solo les permitían una ducha al día y una lavadora a la semana; a la cocina, ni acercarse. Total, se duchaba él, que trabaja en la construcción, y ponían una colada semanal de ropa blanca. Ella estuvo duchándose, lavando la ropa de color y cocinando a escondidas en la casa donde trabaja como asistenta.

Según una encuesta de la Cruz Roja, el 42% de las personas a las que ayuda la organización no podían mantener su piso a una temperatura adecuada por falta de recursos. Entre las personas mayores, ese porcentaje llegaba el 54%. Como consecuencia de su falta de recursos, una de cada tres personas mayores ha cambiado sus hábitos domésticos para reducir el consumo energético. La limpieza también se resiente. La Cruz Roja repartió el pasado año 40.000 bolsas de productos de higiene personal.

El último informe de esta entidad dedicado a la pobreza infantil en Cataluña alerta de la montaña que suponen las facturas para las familias con pocos ingresos y que han dejado de cobrar el paro. Con los 426 euros de la renta mínima de inserción (RMI) hay que priorizar: o se paga el alquiler o se come o se pagan facturas para cuestiones tan básicas como ducharse o estar caliente en invierno.

La crisis y el paro han venido a complicar significativamente la situación. Pero no solo esos dos factores están en el origen del repunte de la pobreza energética. La Cruz Roja denuncia el encarecimiento de los servicios de las suministradoras de energía. Según sus cálculos, en el plazo de dos años el gas ha subido el 22%; la luz, el 34%, y el agua, el 8,5%. Cada bombona de butano es hoy el 23% más cara que hace dos años. La Generalitat asume el problema en el Plan de la Energía: “El aumento de los precios de la energía agrava la dificultad de poder afrontar la factura energética de las clases sociales más vulnerables”. Y lanza una preocupante advertencia: “Esta situación empeorará en el futuro”. Cada vez hay más necesidad y los servicios sociales de los Ayuntamientos están asumiendo el pago de facturas de sus empadronados.

El estudio de la Federación de Atención a la Infancia y Adolescencia (Fedaia) llama la atención sobre la pobreza energética en el caso de familias que viven realquiladas en casas de otros y les limitan el uso de la ducha o la lavadora; de familias que, al no poder pagar un piso, viven en locales sin suministro energético o insalubres. Y a veces, comentan quienes atienden a estas familias, los tutores temen pedir ayuda por miedo a que les retiren la custodia de los niños.

“Las ayudas de las instituciones son insuficientes”, dice Darnell. Todas las compañías aseguran tener mecanismos para resolver los impagos en hogares con escasos recursos económicos. El Instituto Catalán de la Energía reclama al Estado que introduzca “elementos de fiscalidad energética favorables para las familias (...) con bajos ingresos económicos”, entre los que podrían tener cabida las “tarifas sociales”. Su directora, Maite Masià, lamenta también que la pobreza energética tiene un problema serio: la antigüedad del parque de viviendas, que no facilita conseguir las temperaturas adecuadas en cada estación del año.

Agbar ha dispuesto un millón de euros para cubrir a beneficiarios de la renta mínima de inserción. Puso en marcha convenios de colaboración en junio y tiene ya apuntadas a 400 personas. “El problema es que hay gente que no cobra la RMI ni nada, y no se puede beneficiar”, dice Darnell.

“Esta casa no está preparada para el invierno”

“Un antiguo ventilador y una ventana abierta hacen correr el aire por el comedor de María Guevara, de 77 años, y Alfonso Fortea, de 71, en Castelldefels. Entre ambos ingresan cada mes un total de 745 euros y el alquiler ya se les come 515, pero prefieren eso a la habitación que ocupaban hace dos años por 400 euros. Alfonso acaba de cobrar la paga extra y ha aprovechado para liquidar 200 euros de dos recibos de la luz que aún tenía pendientes, los últimos envites del frío invernal, que han superado con dos pequeños radiadores eléctricos y un plumón, “un detalle muy bonito de nuestras hijas”, dice María. “Esta casa no está preparada para el invierno”, dicen, y es la única queja que tienen de su casa.

Alguna vez, de forma excepcional, reconoce Alfonso, ha tenido que recurrir al Ayuntamiento de Castelldefels para evitar que les cortaran la electricidad, y en junio, cuando faltaban solo unos días para cobrar, tuvieron que pedir 20 euros a la Cruz Roja para poder cambiar la bombona de butano, que se les había agotado. Han conseguido que les dure dos meses cada una. “Ya no hervimos durante dos horas los garbanzos y las lentejas”, apunta Alfonso, que señala que esperan que la Administración les pague 180 euros mensuales de ayuda a la dependencia que tiene reconocida María. “Con ese poco dinero, todo cambiaría”, asegura, tocándose el mentón con el dedo gordo.

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