Cuando la tierra huele a muerte

El silencio de los montes quemados es absoluto en torno al pueblo de Andilla

La población cierra filas en defensa del acusado de provocar el siniestro

Una vista del estado en que ha quedado el monte en los alrededores de Andilla. / JOSÉ JORDÁN

Cuando uno se interna en lo que antes era un bosque y ahora tierra quemada, lo primero que le sorprende es el silencio y el “olor a muerte”. Lo dice el alcalde de Andilla, Jesús Ruiz, que ha visto mucha tierra quemada, unas 10.000 hectáreas de las 14.000 que forman su municipio montañoso: “Entras y respiras la muerte. Notas el calor que sube de la tierra, el silencio total. Porque los bosques suenan con los ruidos de la vida, de pájaros, de ramas que se mueven por el viento...”.

Ayer Andilla parecía un pueblo espectral. Nadie se bañaba en su piscina. Nadie sofocaba el intenso calor tomándose una cerveza en la terraza frente a la espléndida iglesia del siglo XV, que guarda pinturas de Ribalta. Sus habitantes habían sido desalojados el pasado viernes. Solo los gatos paseaban por las calles serpenteantes de lo que fue una baronía.

Entre el núcleo de Andilla, sus dos aldeas y una masada no llegan a un centenar de vecinos en el nevado invierno. En verano alcanzan casi los 500. Muchos de ellos volvieron ayer a sus casas solo por unas horas a recoger ropas y enseres. Más tarde describían su impresión. Primero, desolación. El camino a Andilla es impactante y más para los que estaban acostumbrados a ver un denso tapiz verde de árboles y ahora descubren “cosas que antes no se veían”, apunta Rubén. Es devastador seguir el dibujo discontinuo de montañas quemadas y oasis boscosos. La segunda reacción de los vecinos fue de alivio, porque comprobaron que sus casas y las aldeas se habían salvado del fuego. La que peor parte se llevó fue la aldea de Osset, cercada por el fuego.

“La única palabra que me sale es la de dolor”, comenta el alcalde

El desastre es mayúsculo, en cualquier caso. Se han carbonizado bosque de pinos, de sabinas, de carrascas, de tejeda, de quejigos. “La única palabra que me sale es la de dolor”, comenta el alcalde. “Y eso que aún hemos tenido suerte, porque si el fuego se extiende por la cordillera de Javalambre y por los Montes Universales, llega hasta Guadalajara”.

El camino a Andilla evidencia que los campos cultivados contribuyen a detener el fuego, que los barrancos son como regueros de pólvora y las cunetas de las carreteras como mechas.

Todos hablan de que el abandono del interior, de los campos, de la limpieza de los bosques, de la prevención, es terrible para la montaña.

Como terrible es el calvario que está pasando el vecino de Andilla imputado por imprudencia grave por haber provocado presuntamente el fuego al quemar unos rastrojos, según los vecinos. Una docena de ellos, reunidos para comer, realizaron una defensa a ultraza del hombre de 57 años acusado y que trabajó de brigada años atrás. “¿Cómo un hombre que es ecologista, va en bici y a caballo y cuida la tierra ha podido hacer eso?”, se pregunta una mujer. Un joven incide que el hombre, del que no quieren dar el nombre para protegerle, estaba durmiendo la siesta cuando se produjo el fuego y avisó a los vecinos cuando lo olió. “Su mujer abrió la piscina de Andilla para extinguir el fuego”, dice otra. El alcalde confía en que la investigación acabe con el infierno que está viviendo. Ecologistas en Acción mostró ayer su solidaridad con el imputado acusando a las autoridades de buscar un “cabeza de turco” para ocultar la ineficacia en la extinción de los incendios valencianos.

 

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