derechos de los homosexuales

Entre el “sí, quiero” y los recortes

El Orgullo 2012 reclama el matrimonio igualitario y critica los ahorros en gasto social

Críticas al tijeretazo en Sanidad y las consecuencias para los tratamientos de VIH

FOTOGALERÍA

Una pareja de paseantes observa a los participantes de la marcha del Orgullo. / DANIEL OCHOA DE OLZA (AP)

Patricia tiene 27 años. Bandera arcoíris en mano reflexiona sobre cómo sería su boda perfecta. No atina a decir cuál sería el escenario ideal (quizá una playa) pero tiene claro que las dos se vestirán de blanco. “Ahora mismo no quiero casarme, pero sí tener esa opción abierta para un futuro”, explicaba ayer esta chica de Teruel que salió a las calles de Madrid para manifestarse a favor de la igualdad: “Todos deberíamos contar con los mismos derechos”.

Lucía no podría estar más de acuerdo. Se casó poco después de que aprobaran la ley que regula el matrimonio homosexual. Ella y su pareja llevaban tiempo pensándolo, y cuando decidieron tener un hijo se lanzaron a darse el “Sí, quiero”. Ayer recorrieron el centro para reivindicar que no se derogue la ley. “Sabemos que interpusieron el recurso hace siete años, pero es ahora cuando vemos peligrar nuestros derechos”, explicaba en referencia al lema elegido para el Orgullo gay de este año: Matrimonio igualitario. Igualdad sin recortes. El próximo martes, el Tribunal Constitucional decidirá sobre la ley.

Todavía no eran las seis de la tarde, hora de inicio de la manifestación, y la puerta de Alcalá ya estaba llena de participantes y curiosos que se acercaron a ver el desfile reivindicativo. Según los organizadores, alcanzó 1,2 millones de personas. La Policía Nacional redujo los participantes a 700.000, lo que no quita que entre la plaza de la Independencia y la de España, pasando por Cibeles y Gran Vía, no cupiera un alfiler.

Las 19 carrozas —cinco menos que el año pasado por la crisis, informa el Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de Madrid, COGAM— estaban preparadas para arrancar. Los flashes de los turistas no cesaban, sobre todo en la carroza de Osos por la Diversidad. “Somos muy llamativos”, explicaba Alex, un gay de 40 años recién llegado de México y aupado a la carroza. “Nos ves grandes y peludos, pero en realidad somos ositos de peluche listos para que nos abracen”, sonreía mientras dos compañeros de cuero se contoneaban sensualmente, cuerpo con cuerpo.

La música arrancó. Los tambores se convirtieron en dueños de Alcalá. La gente bailaba en las dos orillas del asfalto a ritmo de batucada y gritaba para que los vecinos lanzaran agua con que refrescarse. La cabecera echó a andar liderada por Boti García, presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), Agustín López, presidente de COGAM, y líderes políticos y sindicales como Cándido Méndez, Ignacio Fernández Toxo, Elena Valenciano, Pedro Zerolo o Inés Sabanés.

Los transexuales paseaban sus nalgas y sus zapatos de tacón dejando que los espectadores se fotografiaran con ellos, encantados y orgullosos de su atuendo. Entre canciones se hacía el silencio, roto solo por los jóvenes LGTB que se desgañitaban con sus lemas: “Jódete Rajoy, yo me caso hoy” o “Ana, Anita, me quiero casar como tu hija en el Escorial”. Otros jóvenes aragoneses vestidos de luto se lamentaban por considerar que los recortes en Sanidad han afectado especialmente al colectivo LGTB, uno de los que más golpeados por el VIH.

También abundaban las familias con niños. Raquel, de ocho años, repartía folletos: “Yo soy activista pero no quiero tener novio o novia. Aun así, quien quiera puede casarse. Chico con chico o chica con chica, ¿no?”.

Pese al jolgorio, más de uno opinaba que estaba siendo una manifestación silenciosa. “Yo he participado en muchas”, recordaba Javier, de 57 años. “Reivindicábamos verdaderos cambios políticos. Esto parece un carnaval”, lamentaba. Fran, de 41 años y Manasés, de 38, también se decían desencantados por la fiesta. Con la música en las plazas vetada por el Ayuntamiento y momentos de silencio en el desfile, sienten que ha perdido color. “Esperamos que el año que viene sea mejor”.

Jane Austen en Chueca

BEGOÑA ENGUIX

Cuando Jane Austen publicó en 1813 Orgullo y Prejuicio no imaginaba que, años después, esas dos emociones servirían para evocar tantas cosas.

En estos últimos años hemos asistido a frecuentes tensiones entre los organizadores del Orgullo LGTB de Madrid —COGAM, FELGTB y AEGAL— y el Ayuntamiento de Madrid en relación con esta celebración.

Las celebraciones del Orgullo contemporáneas son, cuanto menos, poliédricas: al tiempo que se basan en un fuerte componente identitario, de reivindicación y visibilización social, proporcionan enormes beneficios a las ciudades en las que tienen lugar. Los polos representados por lo identitario-político y por la comercialización y el negocio laten en el interior de estas celebraciones y alimentan las tensiones.

Las revueltas del 28 de junio de 1969 en el Stonewall Inn de Nueva York son conmemoradas en muchas ciudades mediante celebraciones del Orgullo LGTB que suponen el paso de identidades estigmatizadas a identidades orgullosas. Estas conmemoraciones, prohibidas en muchos países y reprimidas en otros, en España, desde que se iniciaron en 1977 (con una marcha en Barcelona inmortalizada por Colita), forman parte de nuestra democratización. Son ejemplo de la lucha por la igualdad y la plena ciudadanía de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. Pero también son eventos identitarios ritualizados (de consolidación, reivindicación y celebración de identidades) que movilizan y visibilizan a miles de personas.

La participación en el Orgullo madrileño (que consiste en la manifestación Estatal —punto central del activismo— y otros actos) ha aumentado estos años hasta ser el mayor evento de Europa, cuestionando con ello su sostenibilidad. Además, como ha sucedido en otros lugares —un ejemplo paradigmático es el Mardi Gras de Sydney— el evento en Madrid exhibe grandes dosis de teatralidad y performance. El giro hacia lo carnavalesco puede llegar a eclipsar otros significados y convertir estas celebraciones en eventos para el entretenimiento masivo. Se llega a hablar de ellas como fiestas cuyo potencial de atracción turística es aprovechado por todos como una estrategia de city-branding que sitúa a las ciudades en el mapa de la modernidad y las señala como destinos turísticos. En tanto fiesta y celebración, el Orgullo madrileño, con sus dimensiones actuales, es criticado por la incomodidad que genera en Chueca, un barrio en el que se concentra buena parte de los dos millones de personas que la ciudad acoge en estas fechas. Pero también deja en Madrid beneficios nada desdeñables que rondan los 100 millones de euros (en 2011).

Pero las celebraciones del Orgullo no son solo instrumentos para la promoción turística. Son rituales que rompen las fronteras entre lo privado y lo público y condensan múltiples significados (la promoción turística, la exhibición espectacular y dimensiones identitarias y políticas). La falsa dicotomía entre los conceptos de manifestación y fiesta, que son presentados como incompatibles, late en el trasfondo de la polémica y el pulso entre instituciones y organización llegando la vertiente festiva del evento a eclipsar sus otros significados.

La plaza de Chueca (“irrenunciable” para los organizadores) y el barrio de Chueca no son solo lugares físicos: son símbolos de una lucha histórica por unos derechos. Cumplen, en el proceso de democratización de este país, el mismo papel que las revueltas en el bar Stonewall cumplieron para la consecución de libertades civiles para las minorías estadounidenses. No hablamos de lugares físicos, sino de lugares míticos. Chueca representa la transformación, modernización y democratización no solo de un barrio sino de toda una sociedad: la nuestra. En el barrio y en su centro simbólico, la plaza de Chueca, se condensan como en ningún otro lugar los significados festivos, identitarios y reivindicativos de esta celebración de la diversidad y la libertad. Privar al Orgullo de sus referentes espaciales sería negar su pasado, despojarlo de sentido, simplificarlo y banalizarlo para solo aprovechar su potencial como reclamo turístico y de promoción de Madrid.

La plaza de Chueca es más que un lugar. Allí se encuentran —y se enfrentan— normativas y derechos, distintos modelos de sociedad. Sobre su asfalto se dirime el pulso entre los múltiples significados y derivas que tiene y tendrá la celebración del Orgullo. En torno al 28 de junio se encuentran en la plaza el pasado, el presente y el futuro: el Orgullo y el Prejuicio. Seamos conscientes de ello.

Begoña Enguix es doctora en Antropología Social y Cultural y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). En la actualidad lleva a cabo una investigación sobre las celebraciones del Orgullo LGTB en España.

benguix@uoc.edu

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