Aquí no hay playa

Cuando García Albiol dice que “convivir con los rumanos vulnera el derecho a la dignidad de los vecinos”, enfrenta a pobres contra pobres

Imagen de la playa nudista de Badalona en 1996. / JOAN GUERRERO

Desengáñate, hermano, la austeridad no es leer a Paul Auster. La austeridad es una heroína de novela rosa que al final se tira por un barranco. Todo ha terminado, Baby Blue. ¿Podía ahora tener Dylan más razón? Ahora la libertad es un barco fantasma tripulado por esqueletos y el mar está lleno de glaciares como las montañas de la locura de Lovecraft. Desde allá arriba, en Marte, los colonos de Bradbury nos contemplan con ojos como platos y se preguntan si realmente se han librado, si todo esto que nos ocurre aquí no les pasará luego a ellos. (Acaba de llegar otro colono con un traje sencillo y una maleta en la mano, con las palmas doloridas por el peso del equipaje, igual que el viajante de Muerte de un viajante, de Arthur Miller.) Venus es un punto en el Sol cada mil años y un puntazo cada mil noches. Solo queda el amor y, rendidos a él, los jubilados van recitando por esos ambulatorios con presura el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz a la voz de: ¡Ay!, ¿quién podrá sanarme? La austeridad es una vieja millonaria haciendo punto de cruz, que no sabe cómo van a heredar sus hijos la pasta que ha metido en Liechtenstein.

¿Qué es la vida?, un Frenadol. De una forma azarosa, y a la vez intencionada, el alcalde de Badalona cita continuamente a Calderón de la Barca, pues ese es el nombre de una de las calles más pobres en uno de los barrios más depauperados de la ciudad que gobierna. Cuando Xavier García Albiol declara que “convivir con los gitanos rumanos vulnera el derecho a la dignidad de los vecinos”, está enfrentando a pobres contra pobres, a los que viven en todos esos barrios de Badalona (La Salut, Sant Roc...), donde el mayor bien siempre es pequeño y el pueblo unido sueño es. Y cuando añade que está animado para continuar “amargando legalmente” a quienes causen inseguridad, nos enseña que la austeridad es amargar legalmente al personal.

En su delirio de perseguidor de gitanos rumanos, García Albiol, el hombre que besa la vara que le da de mandar, recuerda sobre todo a otro rumano, Corneliu Codreanu, también delirante y también perseguidor de gitanos rumanos. Ser rumano en la vida es casi peor que ser ciego en Granada o ser de Badalona en tiempos del PP, que resultan lo más parecido a los tiempos del cólera. Nadia Comaneci, que llamó a su hijo Dylan por Bob Dylan; Béla Lugosi, que era de Transilvania, igual que el conde al que entregó toda su sangre; Cioran, en sus noches lúgubres; Johnny Weissmüller, que fue rey de los monos; Ionesco, convertido en rinoceronte, se le aparecen en sus amargos sueños a García Albiol y le anuncian que el fin del mundo llegará en 4 meses, 3 semanas y 2 días.

La cazadora de béisbol de Ray Bradbury, sus gafas como dos aparatos de televisión juntos en el comedor, su sonrisa de tipo de derechas que sabe perfectamente lo que hay que hacer con el mundo y que decía, cuando le preguntaban, que Peter Pan era un auténtico hijo de puta y que Reagan había sido el mejor presidente de la historia. (En muchos aspectos Bradbury es más conservador que el propio Albiol, pero, por otra parte, ha sido de más utilidad.) Ray Bradbury explicaba en Zen en el arte de escribir (Minotauro, 2002, su libro de recuerdos literarios), que cada mañana al levantarse pisaba una mina y el resto del día lo pasaba intentando reconstruirse. Bradbury es un lírico de la ciencia-ficción, un melancólico y a ratos un prosista cursi, un Norman Rockwell de un cine que retumba bajo la Luna. Y ante todo, uno de los mejores escritores del siglo XX. Decir que Ray Bradbury fue uno de los mejores escritores de la ciencia-ficción habría sido tan obsceno como decir que Martin Luther King fue una de las mejores personas la de raza negra.

Si me das a elegir, por citar ahora a Los Chunguitos, entre la corbata rosa de García Albiol y la chupa de béisbol de Ray Bradbury, ay, amor, me quedo contigo, cazadora High School, libro en llamas, cuerpo tatuado, efecto mariposa en el ruido de un trueno. Porque a ti te he leído boca abajo, en la playa de Badalona, al pie de las tres chimeneas, cuando aquello era mayormente sangre y arena. Y porque todas las crónicas cuanto más marcianas más verdaderas. (Hace tiempo que aquella playa creció y se transformó en una playa nudista; y ahora García Albiol quiere echar a los que van ahí porque hicieron unos apartamentos de lujo en primera línea de mar y a los nuevos vecinos no les gusta la carne vuelta y vuelta.)

La austeridad es un nudismo a la fuerza; que nos lo vayan quitando todo; que de repente un agujero negro quite de en medio a Ray Bradbury y que otro día un alcalde que mide más de dos metros de alto quite de donde está un tipo de playa por una moralina de pocos centímetros. En España, la austeridad es vivir en zombi, ya desde el siglo del Lazarillo y de aquel escudero, tercer amo suyo, que vivía en una casa oscura y lóbrega como una sepultura. Pero nuestra vida zombi actual está espléndidamente relatada en la novela de Fernando Royuela Cuando Lázaro anduvo (Alfaguara, 2012). También lo vio muy claro el Sr. Absence en su Blog Ausente: lo más parecido a un mogollón de zombis, con sus chaquetas rotas y su hambre profunda, es un mogollón de parados, de los que hacían cola en la época de la Gran Depresión. Van a por nosotros, ya lo dijeron los Accidents Polipoètics. Ray Bradbury ha muerto y el teléfono de los amos del mundo es el 451.

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