El desguace de La Coma

El cierre del Colegio Mayor, ejemplar en su función social, y el incierto futuro de la escuela taller se ciernen sobre un barrio azotado por la crisis y el aumento de los robos

El director, Alfonso García, con los colegiales R. Arenas, J. Amaya y J. Ondó, en el tejado del centro. / TANIA CASTRO

La Coma ya no es una isla. Cuando se levantó en los ochenta para erradicar el chabolismo del noroeste de Valencia, el barrio de Paterna recibió pronto el nombre de Las Malvinas. Era la forma de definir a un grupo de 1.600 viviendas aisladas, emergidas en un océano de solares y parcelas, sin ninguna conexión con los municipios de alrededor, y que se hallaba en guerra permanente, consigo mismo y contra todos. Ahora no está sola. Está rodeada por chalets, fincas y adosados surgidos durante la fiebre del ladrillo, aunque en muchos no vive nadie. Y el tranvía para, gracias a la presión vecinal, en el corazón del barrio, cuyas fronteras están delimitadas por los muros que separan las nuevas urbanizaciones de La Coma estigmatizada, la original, la que infundía miedo con sólo nombrarla.

Una obra de la escuela taller Itaca. / TANIA CASTRO

Nunca ha sido fácil la vida en este pequeño interregno de acción preferente en el que conviven entre 5.000 y 6.000 personas, con mayoría gitana, más de 50 nacionalidades y un paro que oscila entre el 60% y 70%. Estuvo muy mal, fue a mejor y ahora vuelve a estar mal. La inseguridad ha repuntado. Han entrado a robar a la parroquia, al colegio, a las monjas, a las entidades sociales, a las casas. Cáritas ha suspendido temporalmente sus servicios por culpa de “algunas personas (muy pocas)”. Muchas familias viven al límite. La crisis asfixia. Y en este oscuro panorama, algunas luces que alumbran la salida del ominoso círculo de la pobreza se apagan. O las apagan. La Generalitat no ha renovado el concurso de la empresa encargada de gestionar el Colegio Mayor de La Coma. De modo que a finales de este mes se cerrará una ejemplar iniciativa que aúna la cooperación internacional con países subdesarrollados con la labor social en un barrio deprimido.

Entre 50 y 60 colegiales seleccionados sobre todo de Centroamérica y África son becados y estudian másters y doctorados mientras enseñan a los vecinos a leer, cuidan de los hijos mientras los padres trabajan o aprenden, imparten clases de informática, median en conflictos... Luego, revierten sus conocimientos en proyectos comunitarios y de desarrollo cuando vuelven a sus países de origen. El colegio fabrica líderes sociales. La experiencia, que nació en 1994 bajo la dirección de Joaquín García Roca, ha sido tan fructífera que ha inspirado instituciones similares en Bilbao, Sevilla, Madrid, El Salvador, Nicaragua o Colombia. El colegio, además, inyecta autoestima al barrio. “No vamos a perder una de las instituciones que contribuyen a generar espacios de convivencia y desarrollo local, convertido en una de nuestras señas de identidad”, afirma un manifiesto de la combativa Asociación de Vecinos y Entidades de La Coma.

El director del colegio, Alfonso García Ninet, insiste también en explorar nuevas fórmulas de financiación incluida la reducción presupuestaria para dar continuidad al proyecto. “La pérdida sería irreparable para el barrio y para los chavales, algunos no podrían ni acabar sus estudios”, explica. El colombiano Reinaldo Arenas y el salvadoreño Jorge Amaya son dos colegiales veteranos. Ambos destacan la utilidad de los estudios y la implicación vital y profesional en el barrio. “Sería una fatalidad”, apostilla Amaya. Felipe Ondó, de Guinea Ecuatorial, se quedará sin opciones para acabar sus estudios de electrónica y telecomunicaciones que cursa en Burjassot para montar una empresa en su país natal.

Vicente Serrano y Elizabeth Crespo, al fondo, en una clase del taller Itaca. / TANIA CASTRO

A pesar de las dificultades, la Universitat de València mantiene sus becas si bien el grueso de los recursos procede de la dirección general de Formación y Cualificación Profesional de la Consejería de Educación, que desempeña Felipe Codina. Desde este departamento se indica que “se están estudiando” con la Universitat posibles alternativas, aunque se incide en los graves problemas presupuestarios para mantener los 400.000 euros anuales del colegio. El alcalde Paterna, Lorenzo Agustí, del PP, reconoce la función catalizadora del colegio, destaca la intermediación del Consistorio y confía en que la comisión mixta, formada por todas las entidades afectadas, encuentre soluciones. Agustí asegura que al menos se ha conseguido que los colegiales acaben el curso.

Todo apunta, no obstante, a que la Generalitat no tiene voluntad de garantizar la continuidad del centro por el que han pasado unos 1.500 alumnos en 18 años. Se pondrá fin así a una iniciativa merecedora de múltiples reconocimientos que contrasta con el escándalo del miserable saqueo de las ayudas a la cooperación que la Generalitat destinaba, supuestamente, a los más necesitados.

La Generalitat no ha

renovado el contrato del centro

que acaba en junio

“La desaparición del colegio será la claudicación en la apuesta por abrir el barrio al mundo, por la intermediación cultural y social y el desarrollo comunitario. Es nuestro banderín de enganche”, advierte Vicente Serrano. El dirige la escuela taller Itaca IV de CC OO, otro foco fundamental de transformación del barrio sobre el que pende la incertidumbre. Su presupuesto procede del Gobierno, con financiación de la Unión Europea, y lo gestiona el Servef. De momento, no se ha aprobado la partida presupuestaria para el programa y no es probable que la Generalitat asuma el gasto.

Itaca es una vía para salir del círculo de la pobreza. Chicas y chicos de 16 a 24 años aprenden a estudiar y se les enseña un oficio (electricista, fontanería, albañilería…). Trabajan en una obra, reciben un sueldo (tal vez el único de la familia) y un certificado de calificación profesional. No todos superan el curso. Hay muchos obstáculos individuales y familiares. Diferencias culturales, relación con la justicia, conciliación de la mujer. Hay alumnas muy jóvenes con uno o dos hijos. “Hay trabajo, pero es muy gratificante”, dice Elizabeth Crespo, antigua estudiante del Colegio Mayor y ahora la encargada del taller de salvar obstáculos. “Yo quiero estudiar y trabajar de electricista, pero si te digo la verdad a muchos de mis colegas del barrio no les interesa nada todo esto”, dice Antonio Gabarri, de 19 años, al salir de clase.

"Lo que no puede ser es

que siempre paguen los mismos",

dice un vecino

Elizabeth entra en una de las casas del barrio, todas propiedad del IVVSA, que está rehabilitando el taller. Por el camino, varias mujeres le han preguntado por cuestiones prácticas. Hay numerosos niños en la calle. En el colegio, un gran mural dice La dona canvia La Coma. La población del barrio es muy joven. Muchas familias viven hacinadas. En una vivienda en reconstrucción, que sufrió un incendio, José muestra orgulloso sus tabiques; Karim, sus ventanas.

En el bajo de la Asociación de Vecinos y Entidades del barrio se ve el muro de la urbanización de Campolivar. Allí, Lola Fernández explica que la Fundación Secretariado Gitano encontró trabajo el pasado año a 216 vecinos de La Coma. A su lado, el histórico dirigente vecinal Ángel Quesada reconoce que el barrio está peor, pero ahuyenta cualquier derrotismo. “Hay que luchar por el colegio y contra los estigmas. Lo que no puede ser es que siempre paguen los mismos”, afirma.

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