ANÁLISIS

Recuperando la cordura

tomás ondarra

La situación económica es motivo de gran preocupación. Y lo es por la recesión, por el paro, por la posición en que se encuentra el sector financiero, por el comportamiento de la prima de riesgo, por la falta de confianza que demuestran los agentes económicos y por muchas cosas más. Quizá es en estos momentos cuando procede tener claras algunas ideas que sirven para no confundirnos, para conseguir que no perdamos el norte.

Tranquiliza pensar que Europa se ha ido creando en respuesta a crisis profundas que ponían en peligro su existencia. Y que hasta ahora le ha ido bien. ¿Por qué no se puede hacer lo mismo? ¿Por qué predecir que esta vez va a ser diferente? Repasemos algunos hechos pasados e ilustrativos.

Las economías europeas emergieron de la Segunda Guerra Mundial sumidas en una tremenda destrucción. Los niveles de producción de 1936 sólo se llegaron a recuperar en 1949, el año que marcó el final de la fase de recuperación. Durante casi 30 años se produjo un rápido crecimiento económico y un gran aumento en el comercio intra europeo. Se sabía que conseguir una utilización más efectiva del dinero desembolsado por EE UU, a través del plan Marshall, exigía la promoción de la integración política y económica del viejo continente. Y así se hizo generándose en el proceso nuevas ideas acerca de la cooperación europea e incluso del federalismo. Algunas de esas ideas dieron resultado. El plan Schuman (1950) permitió avanzar hacia la firma del Tratado de París y hacia el establecimiento de la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA) y en 1957, con la firma del Tratado de Roma, se crearon dos nuevas comunidades. La más importante a efectos económicos, la Comunidad Económica Europea (CEE).

Durante las negociaciones que llevaron a la firma de la CEE hubo un gran equilibrio de poder entre las partes, los Estados involucrados. Y, aún así, en su constitución se echaron en falta muchos aspectos para los que no hubo acuerdo. No se introdujo, por ejemplo, consideración específica alguna acerca de la cooperación entre los Estados en el campo macroeconómico y tampoco hubo voluntad para transferir poderes reales desde los Estados hacia el nivel europeo. Los logros se concentraron en la eliminación progresiva de tarifas y en la supresión de las restricciones en las cantidades que podían ser importadas o exportadas de un país miembro a otro.

De entonces a ahora, la historia ha continuado. Cuando se percibió que las bondades del mercado único exigían algo más y se comprendió que Europa se anquilosaba se creó la Unión Monetaria Europea (UME) con una moneda única, el euro. Durante las discusiones para el diseño de la zona euro hubo fases en las que se alternaba el optimismo con el mayor pesimismo, las dudas y las vacilaciones. Pero el plan salió adelante y lo hizo porque era necesario para Europa. Sin él era imposible que continuara su trayectoria de un crecimiento sostenido y una mejora en su Estado de Bienestar.

La moneda única no vino acompañada de una estructura de apoyo suficiente

No hay duda de que la construcción de la zona euro fue un proyecto muy ambicioso. Requirió de mucho esfuerzo negociador, de acuerdos parciales, de mucho tiempo y de discusión entre diferentes diseños. Hemos vivido una época de progreso y ahora Europa y el euro se encuentran en una difícil situación porque ha resultado imposible dar una respuesta adecuada a una crisis que comenzó hace ya cuatro años como una crisis financiera. A lo largo de este período se ha demostrado que la creación de la moneda única no vino acompañada de una estructura de apoyo suficiente para mantener el complejo edificio que se ponía en marcha.

Esto, que se intuía, lo hemos aprendido a la perfección a fuerza de golpes, y lo hemos aprendido todos, los países periféricos y también los centrales. Sin presupuestos coordinados, sin unión bancaria, sin un Banco Central Europeo con mandato para actuar como prestamista de última instancia, sin una estructura fiscal común, sin centralidad en la toma de decisiones relevantes, la zona euro no consigue superar una situación en la que algunos de los países, tiene que hacer frente a decisiones económicas previas equivocadas.

No se puede mantener una entidad común, Europa, y un instrumento monetario común, el euro, sin construir instituciones comunes diseñadas de forma inteligente y cooperativa. Las conclusiones del Informe del Banco Central Europeo (BCE) así lo atestiguan. Hemos tenido durante años un espacio monetario común. Ahora esta comunidad se está dividiendo por países o por grupos de países. El euro, en expresión feliz, se está nacionalizando, justo lo contrario de lo que se pretendía.

Una moneda común y un espacio financiero dividido es una combinación explosiva. Los políticos europeos lo saben, los responsables de los países miembros los saben, los responsables de las instituciones financieras lo saben. De hecho, lo sabemos todos aunque algunos lo han aprendido con más dureza que otros. Sí todos lo sabemos y, sobre todo, si lo saben los que tienen capacidad de tomar decisiones, lo previsible es que vuelva la cordura y que entre todos se logre lo que hace diez años no fue posible. Que el euro comience a funcionar con toda la estructura necesaria para sostener una unión monetaria sólida y solvente.

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