Lágrimas de lluvia bajo el Arc de Triomf

El Primavera Sound se despide con canciones y nostalgia

Asistentes al concierto gratis celebrado en el Arc del Triomf de Barcelona. / JOAN SÁNCHEZ

No es el final del verano, aún estamos en primavera, pero la despedida de un festival musical tiene parecida carga nostálgica. Atrás quedan días al margen de la cotidianidad, días especiales en los que se arrinconan rutinas en favor de un alborozo que todo lo subvierte. Despedir un festival es reconocer explícitamente que todo eso ha sido un simple paréntesis en el día a día, por eso tiene una carga emotiva que, en ocasiones, puede evocar al final del estío. El Primavera Sound 2012 se despidió ayer en el paseo de Lluís Companys, junto al Arc de Triomf, y pese a que los allí presentes no solo eran asistentes al festival, la sensación de nostalgia estaba presente bajo un cielo encapotado, lluvioso y triste que moteaba de otoño una tarde primaveral de despedida.

Esa nostalgia podía rastrearse en las pulseras que aún denotaban a sus poseedores como asistentes al festival. Ya no eran necesarias, el acto era gratuito, pero mantenerlas era como seguir boqueando oxígeno de festival cuando este comienza a ser un recuerdo. Porque ¿cuándo liberar a la muñeca de la pulsera?, ¿cuánto tiempo ha de pasar para aceptar que el festival y lo en él visto y vivido ya forma parte, como tantas otras cosas, del pasado? Por suerte para todos, la despedida del Primavera Sound no tuvo lugar en el propio recinto, con la luz del sol mostrando rostros desorientados y aturdidos, sino en un atardecer dominical posterior a un sueño que pudo ser reparador. Un hecho que evita una despedida más embotada que emotiva.

Mantener las pulseras era como seguir bloqueando oxígeno del festival

La fiesta comenzó a la hora en la que un domingo normal obliga a aceptar la existencia del lunes, pongamos que a las seis de la tarde. En ese instante, algún centenar de personas mantenían el espíritu festivalero. Ante ellas apareció una artista en los antípodas de las propuestas propias de festival, una asturiana llamada Lorena que se ganó al personal con sus canciones populares, tocadas con botella de anís y castañuelas, con aire de jota y retranca que dan los años o, en el caso de esta joven, un evidente apego y cercanía a la tradición. Sus canciones tuvieron ese don consistente en hacer bailar y tararear tanto a un moderno de libro como a una madre de barrio que con piezas como Manolo —un canto al amor manifestado en comida— o Plegaria de amor —que va de lo que se deduce del título— enseñaba a bailar a su hija.

Lorena, una persona que incluso ríe cuando ha de presentar una pieza triste como Mi testamento, trajo a la despedida del Primavera un desparpajo y un sentimiento de música popular e historias de toda la vida, con humor y lágrimas, desesperanzas y fiesta… ese pálpito de sociedad rural que en las romerías canta canciones como las compuestas por ella. Y para dejar claro que no es simplemente una mujer de aldea, nada mejor que escuchar Centro de atención, una pieza que retrata el mundo artístico con una certeza quirúrgica.

Actuaron Lorena, Joe Crepúsculo, Nacho Vegas y Yann Tiersen, entre otros

Las primeras gotas de lluvia habían caído justo cuando Lorena salía a escena y durante buena parte de la tarde jugaron al gato y al ratón con el público hasta que se desplomaron en tropel sobre sus cabezas. La asistencia respondía al perfil de los que ocuparan ese mismo espacio el día de la presentación del festival, el miércoles, y la mezcla entre turistas, festivaleros y familias era absoluta. La iniciativa comercial mostró otro avance multicultural, traducido en que los paquistaníes ya no solo vendían latas de cerveza, sino también mojitos. No es preciso decir que cuando las gotas arreciaron aparecieron los paraguas plegables.

Tras la estupenda actuación de Lorena y su Banda Municipal (una corista con la botella de anís y las castañuelas y un chico que dejaba claro que un bombo se puede utilizar de maneras más creativas que la popularizada por Manolo, el del ídem), salió a escena Joe Crepúsculo para dejar bien clarito que los artistas también trasnochan. Con una voz acazallada por el uso, Crepúsculo pareció una víctima más del festival, lo que no restó capacidad de conexión con el público. Tras su actuación llegó la de Nacho Vegas, la estrella de la noche con permiso de Yann Tiersen y Richard Hawley, cuya melancolía se esperaba derramase lágrimas de pérdida entre la multitud.

Como que la algarabía y las conversaciones no cesaban pese a que Nacho ya cantaba La gran broma final, pareció que el asturiano, en las antípodas de Lorena, fuese un señor con cara de palo, triste y probablemente estreñido que contaba sus problemas a los demás cuando éstos no querían saber nada sobre lo triste de la vida. Fue una impresión fugaz, pues la perseverancia de Nacho y la capacidad de sus canciones para atrapar en su maraña, algo así como la eficiencia del inapreciable sirimiri que acaba empapando, fijó la atención del respetable y entonces la cara de Nacho mutó de estreñimiento a sufrimiento. Acabada su actuación la lluvia se desperezó y mojó alegremente a la concurrencia, que pese a todo esperó las dos siguientes actuaciones. Fue un final otoñal para un festival primaveral.

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