Las colas de la pobreza se alargan

El fuerte crecimiento de valencianos que no tienen ni para la alimentación básica dispara las alarmas

Largas colas de ciudadanos se forman horas antes de la apertura del Banco de los Pobres de Valencia (calle de Santa Cruz de Tenerife) para recibir alimentos básicos. La imagen se tomó el pasado miércoles. / JOSÉ JORDÁN

Una jubilada cuenta entre sollozos que come todos los días gracias a la caridad. No se lo ha dicho a sus tres hijos parados, porque reparte su pensión de 540 euros entre ellos. Un matrimonio tenía una empresa de alquiler de maquinaria para obra pública. Con ella se hizo un tramo del AVE. Ahora guardan cola para recibir arroz, aceite y leche. Él, autónomo, no cobra nada. Ella, 426 euros de la renta activa de inserción. Tienen cinco hijos.

Ellos pertenecen a los 200.000 hogares de la Comunidad Valenciana en que todos sus miembros están en paro. Los indicadores asustan. Una de cada cuatro familias valencianas está bajo el umbral de la pobreza (renta mensual inferior a 627 euros). Uno de cada tres ancianos vive en la miseria. La gente forma colas, que crecen y se multiplican, para recibir alimentos de primera necesidad. Ya no tienen por qué ser mayoritariamente inmigrantes, como antes de la crisis. El 23% de las personas que en 2007 atendió Cáritas en Valencia era española; el pasado año esa cifra se elevó al 40%. Y la escalada continúa. La pobreza se ha extendido y acosa a los que antes pertenecían a la clase media, a mayores que no tenían cargas, a parejas con niños que trabajaban, a los jóvenes preparados. Como la enfermera veterinaria que vivía sola con sus tres gatos. Se quedó sin trabajo y ha vuelto a la casa de sus padres pensionistas. También ella hace cola para llevar algo al hogar.

Junto a los ancianos y los inmigrantes, los jóvenes valencianos son los más castigados por la crisis. Uno de cada tres (258.000) está en riesgo de pobreza, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), y la recesión ha duplicado las penurias de un colectivo que sobrevive, en buena parte, gracias al colchón familiar.

Hace tiempo que las organizaciones asistenciales e instituciones benéficas levantan la voz de alarma. Pero el problema se ha recrudecido en los últimos meses. La constante destrucción de trabajo y el fin de las prestaciones por desempleo han provocado un notable aumento de personas que han de echar mano de la ayuda social.

La Casa de la Caridad de Valencia ha repartido en el primer trimestre de este año un 9,5% más de raciones que en el mismo periodo de 2011, alcanzando su récord. En ese mismo periodo, la Encuesta de Población Activa (EPA) de finales de marzo refleja un incremento del 5,2% de los hogares valencianos con todos sus miembros en paro. El paro creció dos puntos hasta llegar al 27,3% en ese intervalo. La espiral de datos, a veces tan fríos, encuentra su correlato inmediato en el drama que se vive en las calles.

Para Cruz Roja, la situación es de “emergencia”. Ha lanzado una campaña para paliar la “extrema vulnerabilidad” con entrega de comida básica, paquetes de higiene e incluso ayudas para pagar el recibo de la luz, el material escolar o los medicamentos.

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