edificios abandonados en la plaza de españa

Un cráter en el centro

Con una torre semivacía de lujosos apartamentos en venta; una carcasa de rascacielos abandonada y dos edificios de oficinas ‘okupados’, la plaza de España languidece

Un 'okupa' mira la Torre de Madrid desde el otro lado de la plaza de España. / CLAUDIO ÁLVAREZ

“¿Le gustaría disfrutar de estas vistas cada día?”, pregunta un folleto de la lujosa Torre Madrid. En el extremo opuesto de la plaza de España, un hombre se asoma a la ventana con las manos en los bolsillos y mira la torre. No quiere que le pongan nombre. Nació hace 34 años en Valdemingómez y pasó siete en la cárcel. Ahora vive con su novia y una perrita en unas oficinas abandonadas. A 150 metros de las mejores vistas de la ciudad.

Son alrededor de 40 los okupas de los números 4 y 5 de la Plaza de España, dos edificios vacíos desde que Telefónica los vendió a Monteverde, una inmobiliaria ahora en concurso de acreedores. Se reparten por pisos: el segundo es el de los subsaharianos, que llevan allí tres años; el bajo lo comparten la pareja del perrito y otra de rumanos; en el primero viven unos chicos a los que llaman los punkis. Andan saltando de un edificio a otro, sin medianeras que los separen y perforados de arriba abajo por los huecos de los ascensores, vertiginosos precipicios de 11 plantas. Solo quedan techos y paredes; no hay más luz que la de los ventanales polvorientos.

Al principio los inquilinos son reacios a hablar. Luego, poco a poco se van animando a contar su historia. Como la de Omar, que en la okupación del Hotel Madrid conoció a otros jóvenes que querían vivir “de forma alternativa”. Dejó su trabajo y se construyó un cuarto con maderos y sábanas en el edificio vacío. Vive al día con lo que gana haciendo malabares. Mientras va hablando, sus compañeros se desperezan y empiezan a surgir de las cuatro esquinas de su planta, se asean y peinan. Una mujer de unos 50 años se excusa y dice que tiene prisa porque va a trabajar. El hombre de la perrita cuenta que reciben visitas de la policía y de los servicios sociales.

La inmobiliaria Monteverde asegura que ha denunciado la okupación y que mantiene los edificios lo mejor que puede. Es una curiosa forma de hacerlo, puesto que proliferan los montículos de basura y el suelo, cubierto de cristales rotos, parece un campo minado de huecos traicioneros. Puede que el aspecto del inmueble, lleno de pintadas y con vecinos sorpresa, no sea el que Madrid desea para su centro, pero no es menos cierto que aquí los okupas son los únicos que han dado uso a un suelo vacío. La plaza está llena de fincas huecas, atrapadas en carísimas compraventas que la explosión de la burbuja inmobiliaria congeló. El caso paradigmático es el del Edificio España: 68.000 metros cuadrados en plena Gran Vía para los que el banco Santander no encuentra uso. O la Torre Madrid, que tiene reformados y habitables solo la mitad de sus 35 pisos; el resto aguarda un inversor.

La plaza se ha ido convirtiendo en un decorado de western almeriense, en el que detrás de las coloridas fachadas no hay nada. Siempre había tenido algo de inhóspita, de incómoda para el peatón; ahora se ha vuelto aún más desapacible. Es una anomalía en pleno centro, un corte brusco en la tan turística y transitada Gran Vía. Uno llega a la acera del Edificio España, con escaparates que pasaron a mejor vida, y cree cambiar de barrio, hasta de ciudad.

Panorámica de la plaza de España. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Un caso claro de fachada sin contenido es el edificio de la Compañía Asturiana de Minas, un palacio industrial de finales del siglo XIX en la esquina con Bailén. Es propiedad de Mutua Madrileña, que lo conserva vacío hasta que llegue un comprador. Entre tanto, lo alquila excepcionalmente para eventos. Estos días lo ocupa la exclusiva exposición de interiorismo Casa Decor. Uno de sus organizadores explica el estado en el que encontraron el edificio: “Nos vino bien porque al estar diáfano nos da cierta libertad para transformar las habitaciones, pero, excepto el vestíbulo, la escalera y los frescos, que son patrimonio, el resto estaba deteriorado”. Los visitantes de la exposición caminan sobre suelos de madera recubiertos en muchos puntos con tarima o moqueta para disimular los daños. “Nuestro terreno natural es el barrio de Salamanca, pero aquí en el centro la muestra funciona bien, con este edificio tan espectacular”, añade.

“Los turistas preguntan si pueden subir”, cuenta un guardia de seguridad apostado en la puerta del Edificio España. La silueta escurialense del rascacielos es uno de los iconos del desarrollismo franquista y del pálido intento de convertir la Gran Vía en Manhattan. En su momento álgido, unas 3.500 personas cruzaban el vestíbulo cada día. En 2005, la constructora Metrovacesa lo vendió por 389 millones a Banif (del banco Santander). Antes de la crisis, se publicó que se había encargado la rehabilitación integral a los estudios Ruiz Barbarín y Rubio & Álvarez-Sala, pero que el proyecto de viviendas de lujo y un hotel se detuvo poco después de la salida del último inquilino, en 2007. Las visitas están prohibidas, avisa el guardia y confirma el banco.

Lo que sí conservó Metrovacesa son los 142 metros de la Torre Madrid, a pesar de que en un primer momento también lo sacó al mercado. A partir del piso 16º todo está arreglado y a gusto de compradores con posibles. Desde 500.000 euros se consiguen apartamentos con piscina, ascensores con llave de planta, seguridad 24 horas y un conserje a lo Upper East Side que lo mismo lleva la ropa a la tintorería que pide un taxi. También se puede pedalear en las bicis estáticas del piso 32, contemplando la Casa de Campo y el templo de Debod. Del piso 15 hacia abajo, la empresa que se ocupa de comercializar los pisos, Sibariss, no tiene permiso para enseñar nada. No se sabe si un día serán viviendas, oficinas u hotel.

Dos edificios de la plaza que albergaban las oficinas de Telefónica y ahora están 'okupados'. / CLAUDIO ÁLVAREZ

La plaza de España tiene un pasado de claroscuros. El portero de uno de los edificios recuerda cómo, en los años 90, el mercado de la heroína pivotaba alrededor de sus esquinas, y los camellos escondían la droga en los huecos de los árboles. En esa época suscitó una notable controversia la muerte de frío de un inmigrante africano. El PP, preocupado por su degradación, prometió en su programa electoral acometer reformas. A okupas y edificios vacíos se le añade un pequeño poblado de rumanos instalado en una de las esquinas. También abundan los vagabundos tumbados al sol. Y, por las noches, progresa el botellón.

El Ayuntamiento quiere dejar atrás “la isla” en que se ha convertido la plaza para convertirla en “una pieza de enlace con la plaza de Oriente, la Gran Vía y Madrid Río a través de la cuesta de San Vicente, los jardines de Sabatini y el templo de Debod”, explica el director de Planeamiento, Javier Hernández. Planea convocar un concurso de ideas internacional en julio, aunque las obras no empezarán hasta la próxima legislatura (2015) y ni siquiera está claro cómo se financiarán. Al menos sí se sabe cómo debería ser la reforma: más peatonalización; ampliar el subsuelo con una zona comercial bajo rasante “al estilo de la nueva entrada al Louvre”; acabar con un “acceso inhóspito, que exige subir y bajar escaleras” para sortear el desnivel con suavidad, “como en Madrid Río”... Hernández apacigua el recelo ante la perspectiva de la enésima plaza dura en el centro: “Si queremos una plaza viva, tiene que haber vegetación”.

Interior de uno de los dos edificios 'okupados'. / CLAUDIO ÁLVAREZ

“Una ciudad como Madrid no se puede permitir que un espacio emblemático esté en esta situación de deterioro”, opina José María Ezquiaga, coautor del proyecto Madrid Centro y Premio Nacional de Urbanismo. La plaza de España tuvo su momento en la posguerra, cuando albergó los primeros rascacielos de la capital. Hoy, convertida en “un lugar secundario” y con “un diseño de espacio público muy obsoleto”, sigue teniendo “mucho potencial”, afirma. “Tiene que convertirse en un vínculo entre el corazón de la ciudad y Madrid Río”. Ezquiaga tiene claro que el deterioro de la plaza “es un problema fundamentalmente privado”, pero apela al Ayuntamiento: “Debería negociar alguna flexibilidad urbanística que anime a los inversores, permitir edificios con usos mixtos como en Londres o Nueva York”.

El arquitecto José Luis Vallejo, de Ecosistemas Urbanos, va más allá: “Se debería penalizar a los propietarios de un local o edificio cerrado”. Tiene su estudio cerca y conoce bien la plaza: “Es una pena, está echada a perder. No es un lugar sino un sitio de paso”. Y la solución, en su opinión, no es una reforma como las de Sol o Callao, sino atacar esos “miles de metros cuadrados abandonados que son un cáncer, una pérdida de oportunidad y de actividad económica”.

A la espera de que lleguen las reformas prometidas, la plaza sigue con su lenta repoblación. De un lado, los inquilinos sorpresa de Telefónica; del otro, los propietarios que poco a poco llegan a la Torre Madrid, con dos tercios de los apartamentos high cost vendidos sin gastar un euro en publicidad. Con la brisa en la cara, asomados desde el espacio lounge de la torre, no se distingue si en la acera de enfrente hay alguien mirando a través de las ventanas del gruyere de cemento.

 

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