OPINIÓN

¿Autonomía? Digan consulado

"Consulado o reserva india, lo que no volverá a ser el páramo es zona franca, esa suerte de territorio delimitado donde se goza de beneficios tributarios"

Cuando el presidente de una cofradía empresarial de cinco tenedores tocó a rebato el otro día llamando a la movilización popular, nada menos, para que el estado mejore la financiación autonómica del País Valenciano, más de uno debió pellizcarse para comprobar que no era un sueño, o bien asomarse y ver que ya estaban puestas las calles y sobrevolaba el espíritu de Gerardo Díaz Ferrán, uno que presidió la CEOE incluso con sus pufos al aire y en septiembre de 2008, cuando las trapacerías de la delincuencia financiera comenzaban a dar sus primeros quebrantos, pidió un paréntesis en la economía de mercado. Un arrebato que ya forma parte de las mejores antologías, no de la historia bolchevique, sino de los grandes disparates vertidos en tiempos del descalabro. Está escrito que Saulo cayó del caballo y sin pasar por urgencias de trauma, se hizo apóstol. En vísperas del 15-M va a resultar que los auténticos perroflautas no tributan por rentas del trabajo, ni agotan la prestación por desempleo. Sorprende que tras años de desequilibrio fiscal —llámenle expolio sin ruborizarse— cierta gente de orden se arremangue a defender las presuntas bondades de una autonomía que cualquier día de estos amanece consulado. Tan pronto como Mariano Rajoy, otro monumento a la credibilidad cuyo verbo rotundo no resiste tres días de hemeroteca, resuelva que con emitir partidas de nacimiento y de defunción, vamos servidos.

Consulado o reserva india, lo que no volverá a ser el páramo es zona franca, esa suerte de territorio delimitado donde se goza de beneficios tributarios. Tras el laborioso despiojado que Esquerra Unida ha realizado con las obras y maquetas de Santiago Calatrava, pagadas a precio de uranio enriquecido por los sucesivos administradores del PP en la finca, sólo falta por cuantificar la relación de comisiones y beneficiarios asociados a los impunes sobrecostes, que nunca dijeron esta pela es mía mientras se dispensaba a diestro y siniestro. Sobre todo, a siniestro. ¿Dónde estaban los palleters y almogàvers del Ibex-35 y adyacentes, si no aplaudiendo al caudillo de turno desde Zaplana hasta nuestros días, riéndoles las gracias y a ver qué cae? Quédense con el epitafio de su arquitecto de cabecera, cuando subraya que lo suyo, incluyendo facturas y patrióticas evasiones de impuestos, ha puesto a Valencia en el lugar que le corresponde. O sea, al fondo a la derecha. En espera de que El Pardo, digo la Moncloa, envíe al motorista con nuevas medidas non plus ultra, relean aquel antiguo panfleto institucional titulado L’autonomia és nostra. Coros y danzas aparte, de longevidad en el pesebre el que más sabe es José Luis Olivas. Este tipo, también ex honorable, no solo ha sobrepasado la leyenda del caballo de Atila en sus periplos por organigramas públicos y privatizados. Ayer mismo aún le sobrevivía a un Rodrigo Rato de cuerpo (y pensión) presente, tras la zozobra bancaria que nos costará otro zarpazo en el costillar.

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