Los 20 inviernos del Tuky

Javier Bulfoni, capitán del Obradoiro, deja el equipo y regresa a Argentina

Santiago de Compostela 6 MAY 2012 - 22:02 CET

Tuky Bulfoni se despide de la afición del Obradoiro, en Fontes do Sar. / ÓSCAR CORRAL

Él ya sabía lo que iba a pasar. “Lloraré. Soy bastante emotivo”, prevenía horas antes del partido. Ya entonces hacía balance. “Diez años, veinte inviernos. Pero voy a extrañar muchas cosas de España. ¡Y de Santiago!. Tanto cariño de la gente”. Javier Bulfoni, al que todo el mundo llama Tuky, regresa a Argentina. Capitán y referencia en el Obradoiro la gente le brindó la despedida por la que se ha fajado en un tiempo de renacimiento para la entidad. “Dejar al equipo en ACB supone quitarme un peso de encima. Me voy con una sensación de tranquilidad que no tendría de haber descendido”, apunta.

Tuky es un argentino de tierra adentro, de Casilda, una población a 50 kilómetros de Rosario, más de 400 al norte de Buenos Aires. “El rural argentino no tiene que ver con el gallego. Mi pueblo tiene unos 40.000 habitantes, pero apenas hay seis o siete edificos, el resto son casas”. Es tierra de amplias extensiones, de ganado, de gente esforzada alejada del estereotipo del porteño dicharachero. Dicen quienes han compartido caseta con Bulfoni que se trata de una persona reflexiva, con peso. En la conversación mira a los ojos y paladea las palabras, pero no se refugia en la retórica. “Es el momento de volver. He cumplido los 35 y voy de un sitio a otro. No tengo nada mío y quiero montar mi casa. Se añora mucho”, explica. Los planes pasan también por seguir cerca de una canasta y buscar un equipo en la cada vez más exigente competición argentina. Tuky guarda el poso de unos años exitosos en La Plata, allí gozó de un tiempo inolvidable con Gimnasia y Esgrima, se ganó el pasaporte para iniciar su periplo en España. “No siempre disfrutas en el deporte profesional. Hay momentos de transición que son difíciles, cuando no estás bien en el equipo o con el técnico, no juegas o cambia tu rol y te cuesta entenderlo. La presión del resultado tampoco ayuda. Este año lo disfruté a medias”.

“Empecé a jugar con 15 años, no aprendí los fundamentos de pequeño”

Es como si los vaivenes importunaran al Tuky, quizás demasiado baqueteado por un trajín que también ha sido una escuela de vida incluso para él, que confiesa que le gusta pasar horas en la intimidad del hogar. En diez años ha pasado por cinco destinos, los cuatro puntos cardinales y una isla. “Llegué a Mallorca, un lugar precioso, pero con gente muy cerrada. En Algeciras eran más abiertos, pero sólo en el primer contacto. En León estuve muy bien, tres años, ascendimos a la ACB, pero bajamos y me dolió mucho. Luego una campaña en Manresa y al final Santiago”, recuerda. Sus referencias sobre Compostela eran básicas —”había venido a jugar contra el Rosalía, sabía que era una ciudad universitaria y que llovía”—, pero suficientes como para considerar la aventura de contribuir a edificar un club que sólo tenía como capital el recuerdo. “Tenía la oferta. Fichó Kostas y me dije: voy. El proyecto era lindo, pero sobre todo descubrí la calidad de la gente, lo más importante de todo. El primer año era todo muy familiar, luego se profesionalizó y estabilizó. Los dos aspectos tienen que ir de la mano y si haces bien las cosas la vida te premia”.

Cuando hace tres años llegó a Santiago, Bulfoni ya era un jugador maduro, un alero multiusos que evolucionó desde una faceta más defensiva a manejarse bien con el tiro, un autodidacta, asegura. “Al salir de Argentina tuve que mejorar aspectos como el dribbling. Tampoco era un tirador excelente, pero trabajé en la salida de bloqueo y lanzar. Con el tiempo aprendí a entender el juego, a leerlo mejor”. Le faltaba, asume, un bagaje. “Empecé a jugar a baloncesto con 15 años, no tuve la suerte de aprender los fundamentos de pequeño”. En el pais más futbolero del planeta, imposible escapar de la rutina de darle al balón con los pies. Bulfoni lo intentó, era un seis, un central marcador, “un perro de presa”. Pero no le gustó el ambiente que le rodeaba. Entonces, era un cadete, pensaba que lo suyo era el karate, donde tras siete años de dedicación llegó a cinturón negro primer dan. También lució en el voleibol, hasta que descubrió la canasta, “un juego divertido y competitivo”, perfecto para un tipo orgulloso que después de que el equipo que capitanea consiguiera la cota más alta de su historia al salvar la categoría hablaba de sus compañeros en tercera persona del plural. “Tenía bronca porque no supe darle al equipo lo que quería, pero al poco te das cuenta de que lo hiciste en otros partidos y que eres parte de ellos”.

“Lo difícil del baloncesto es jugarlo fácil. Los grandes lo hacen”

A la postre, el orgullo del Tuky es por capitanear un grupo de “buenos jugadores y buenas personas”. De ellos hablará a ese equipo de chicos que planea entrenar cuando cumpla con la pasión que ahora le llama, establecerse de nuevo con los suyos y jugar uno o dos años más. “Lo difícil del baloncesto es jugarlo fácil. Los grandes lo hacen. Me gustaría enseñar a conseguirlo con los más jóvenes”. Antes cumplirá otro anhelo, que se demorará aún hasta fin de año: disfrutar de un verano.

 

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