¡Arenas movedizas!
Imprevisto encuentro en Formentera con uno de los grandes elementos del género de aventuras
El hombre enmascarado lucha por salir de arenas movedizas en The Phantom (1943).
Si hay un lugar ideal para pensar en quién te echará de menos son las arenas movedizas. Eso, claro, si estás de humor para reflexionar y no te abandonas a un miedo cerval mientras el suelo, habitualmente un elemento estable en el que depositas confianza, te va tragando con voracidad espantosa. Ahí estaba yo, como el personaje de aventura que no soy, como Tarzán, Allan Quatermain, Tremal-Naik o El hombre enmascarado, hundiéndome inexorablemente, bajo un cielo inmisericorde en un paisaje que se mostraba indiferente a mi agonía. Lo más cerca de morir, oigan, que he estado de momento en mi vida, que no ha carecido de riesgos, reales e imaginarios. Dos pensamientos absurdos cruzaban por mi cabeza entre destellos fulgurantes de pánico: ¿cómo demonios he venido a parar aquí? y ¿se me estropeará el móvil?
Nunca sabes qué terrores te puede deparar un día cualquiera, incluso si estás un fin de semana primaveral en un lugar en principio tan poco peligroso como Formentera. Había salido tan ricamente del hostal Rafelet en Es Caló de buena mañana para, en un itinerario muy mío, recorrer la zona de la antigua base militar de hidroaviones en el Estany Pudent —que con buen criterio turístico algunos proponen cambiar de nombre a Estany des Flamencs— y dedicarme a buscar testimonios de los aeroplanos y aviadores. Al tiempo, practicaría el birdwatching con las aves del lago. No podía ser más feliz. La isla se me ofrecía entera en un estado puro y salvaje. Nada que ver con la masificación veraniega. De hecho, se me hacía raro no ver ningún italiano.
Llegué al Estany embriagado de aire y de sol. La luz lo llenaba todo, hasta el último rincón de mi alma, excepto cuando una ocasional gaviota se cernía sobre mi cabeza creando un instante fugaz de sombra pasajera. Reencarnado en un Huckleberry Finn con afanes aeronáuticos y pajariles deambulé alrededor del decrépito edificio abandonado de uno de los viejos molinos de agua. Las norias de esas construcciones llevaban el agua del lago hacia los estanques cristalizadores de las salinas a través de acequias y compuertas. Entonces, desde la pared junto al esqueleto de la rueda de palas oteé lo que me pareció un raro chorlitejo. Lleno de entusiasmo salté hacia el borde del lago… para caer en el horror.
Lo que parecía tierra firme se convirtió de repente en una masa viscosa digna de los Sundarnbans o los Everglades y me vi de golpe enterrado en ella hasta el pecho. La primera reacción fue de incredulidad. La siguiente ya de gran susto. Era una sensación espantosa, en la que se juntaban el asco y un terror animal, básico. Me sentía como si me tuviera abrazado una gran anaconda, y eso que nunca me ha abrazado una anaconda. El barro, cieno, lodo o qué sé yo en lo que me encontraba me tenía completamente atrapado; igual que la Wehrmacht en Rusia. Lo peor fue cuando noté que no hacía pie y que me seguía hundiendo, lentamente. Es en esos momentos cuando deploras tener mucha imaginación. Me vinieron a la mente todas las escenas de arenas movedizas proporcionadas durante años por la literatura y el cine, incluidas las de Las minas del rey Salomón y Tambores lejanos, sin olvidar la canónica de Peter O’Toole tratando —infructuosamente— de rescatar a su sirviente Daud en Lawrence de Arabia. Hubo un tiempo en que la aparición de arenas movedizas resultaba un elemento fundamental en las películas de aventuras. Ahora, aunque salen en la última de Indiana Jones y en The artist, están en franca recesión. Por lo visto, la gente no cree en ellas, ni las teme. Un artículo de Nature sostenía incluso que es físicamente imposible morir en arenas movedizas, aunque no sepas física. Hay que ver. Que hablen conmigo. Seguramente también era escéptico Rodolfo Fierro, el lugarteniente de Pancho Villa apodado El Carnicero por su sutileza y que murió en 1915 en un pantano de Chihuahua en el que quedaron atrapados él y su caballo mientras sus hombres se apelotonaban para observar la escena sin ayudarle —tanto lo odiaban— pese a que él les prometía hacerlos ricos. Parece que el peso de las monedas de oro le hizo hundirse más deprisa. Lo sacaron cinco días después unos chinos, se ve que costó porque se atascaban las espuelas.
Yo no llevaba espuelas, y oro ni te digo, pero me hundía y me hundía, a pesar de Nature y la madre que la parió. Grité pero nadie me oyó. ¡Por una vez que necesitaba a los italianos! Es curioso porque tanto haberme ido preparando toda la vida para las peores eventualidades y no me sirvió de nada. Y eso que conozco tanto los pasos teóricos que seguir para escapar de arenas movedizas como de los cocodrilos (la combinación de ambos suele ser letal). Se lo debo al Manual de supervivencia en situaciones extremas de Piven y Borgenicht, que publicó Salamandra y que da más juego que Sándor Márai si, por ejemplo, has de huir de un puma. Pues bien, según el manual, has de llevar siempre un bastón, ponerlo plano y colocar la espalda sobre él. Desgraciadamente no dice nada sobre qué hacer si careces de palo. O de la armónica del indio mudo de The wind across the Everglades, ya que estamos. Tampoco veía por ningún lado la providencial rama con que se salvan los exploradores.
Me dio en imaginar dónde pensaría la gente que me había metido. A lo mejor un día me encontrarían saponificado como a una de esas momias de los pantanos y haría las delicias de los arqueólogos. Qué bien, podría escribir de mí mismo… Desvariaba. Una extraña molicie. Consciente del peligro de dejarme ir extraje con gran esfuerzo un brazo y estirándome con denuedo titánico conseguí aferrarme con la punta de los dedos a un saliente del murete del que había saltado. Palmo a palmo, me arrastré en aquella masa infecta, cálida y pestilente empeñada en retenerme como el abrazo de una maligna madre. Hasta que logré extraerme y me desplomé como algo repulsivo vomitado por el pantano.
He salido de las arenas movedizas. Me siento orgulloso aunque también algo preocupado. Los sueños se me espesan cada noche alrededor dejándome a la orilla de la mañana sudoroso y con los músculos agarrotados. He sobrevivido al pantano, sí, ¡pero a qué precio! Conozco la voluntad de la tierra, y su paciencia es infinita.