El aire enraizado de un espíritu vitalista

Unos 600 fieles aplaude en Joy Eslava haciendo la empatía ilustrada de Santiago Auserón

Santiago Auserón, durante el concierto. / BERNARDO PÉREZ

En estos formatos menudos que ahora tanto se estilan, nunca queda claro si el artista busca el abrazo de un entorno intimista o la fórmula para sacarle provecho a la precariedad en estos años de penurias. Juan Perro es hombre de musicalidad rica y luminosa, así que el formato de dos guitarras y voz, a dúo con el maestro zurdo Joan Vinyals, se antoja algo parco y frustrante. Pero la cercanía con la platea es un hecho. Incluso cuando, nada más acabar el primer tema, a Juan se le declara un cable en rebeldía y aprovecha para sacarse de su elegante sombrero negro un guaguancó sobre mujeres bellas y peligrosas.

El heterónimo medio cubano y medio sureño de Santiago Auserón ha atinado con un nombre socarrón, de puro paradójico, para esta nueva gira: Casa en el aire. “Es el lugar donde llevamos echando raíces estos últimos 20 años”, adujo él, aunque hoy esas etéreas residencias más parezcan metáfora de la incertidumbre a la que nos abocaron los tiempos (perros, nunca mejor dicho). Cuando la vida se pone cuesta arriba conviene abrir las ventanas y aventar los espíritus. O eso parece explicarnos Santiago con el repertorio vitalista de su último trabajo, Río negro, medio yanqui y acaso inspirado en el resurgir de Nueva Orleáns tras la hecatombe. Canciones que prenden en la memoria porque, como tantas otras veces en la trayectoria de Juan Perro, son tan fieles a los cánones populares que las podríamos haber escuchado mucho tiempo atrás.

Cerca de 600 fieles aplaudieron en la Joy Eslava un espectáculo que sortea el peligro de la reiteración con la habilidad de Auserón para la empatía ilustrada. Acabó enrabietándose el antiguo líder de Radio Futura cuando la técnica insistió en sublevarse en Obstinado en el error, pero la segunda lectura de este tema fue, de tan corajuda, lo mejor de la noche. Por lo demás, nuestro licenciado en Filosofía no quiere (ni debe) renunciar a esos destellos de lucidez que le distinguen de las medianías: el homenaje a la bisabuela Inocencia, la que le espetaba “Quita de ahí, poco talento”; el bellísimo tributo a Joe Strummer en José Rasca (“Le pidió fuego la muerte / y le dio el encendedor”) o la riqueza melómana de sus citas: El carro bebe de Compay Segundo, pero termina apelando a Don't let me be misunderstood, y el rock sureño que destila Río negro no desentonaría en los primeros vinilos de Little Feat o Doobie Brothers.

A sus casi 58 años, Juan Perro puede permitirse el lujo de ir por libre. El mirlo del pruno parece una pieza afroperuana de Susana Baca y la inédita Ámbar indaga en el mundo de los insectos, otra constante en el folclor sudamericano. Hacia el final de la velada anunció la inminencia de un nuevo proyecto, Juan Perro y la Zarabanda, del que adelantó una lectura de Flamingo, el estándar que popularizó Duke Ellington. No parece el registro más natural para Juan Perro, pero lo explorará como le plazca. Y hará bien.

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