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OPINIÓN

Paseos por la periferia

Si algo ha quedado pendiente en la evolución urbana de Barcelona

es coronar el cariño hacia el extrarradio

Dar visibilidad a la periferia de Barcelona. Esto es lo que consigue de manera magistral Javier Pérez Andújar en sus Paseos con mi madre (Tusquets, 2011), un recorrido en primera persona por la vida de Sant Adrià de Besòs en las últimas décadas. El libro desvela la marginación de este pequeño suburbio articulado alrededor del río Besòs, así como los imaginarios y la frustración de una generación crecida con la democracia que ha visto como la vecina Barcelona le daba la espalda de forma sistemática. Así, el libro es mucho más que un retrato de los márgenes metropolitanos para convertirse en una fotografía incómoda de una Barcelona estanca y dividida en multitudes, familias y élite que ha encontrado en los bloques de La Mina un muro físico e imaginario de negación del extrarradio.

En todos los países, las periferias urbanas dicen mucho de su historia y su estructura social. Francia entierra en sus banlieues las vergüenzas coloniales y sus sueños de igualdad; Brasil dibuja su segregación en ese choque de periferias que es la existencia simultánea de barrios cerrados para clases altas y favelas para pobres; Colombia esconde su pasado esclavo en el barrio de la Popa mientras los turistas pasean inmaculados por las calles andaluzas de Cartagena de Indias. Como todas las ciudades del mundo, Barcelona ha ocultado en sus márgenes la parte más fea de su historia. Pasear por sus periferias es tomar consciencia de esta realidad.

Abrir el foco hacia las zonas periféricas es un ejercicio de transparencia que debería estar presente en toda reflexión sobre el futuro de la ciudad. Sin embargo, la música de los grandes proyectos urbanísticos que sobrevuelan Barcelona no parece excesivamente sensible a la idea de coser mejor las periferias en la ciudad. La línea de mar que, de manera más o menos continua, dibujarían la nueva marina del Port Vell, el futuro barrio residencial de Blau@Ictinea en el Morrot y Eurovegas nos habla de una serie de recintos cerrados, vinculados a grupos de población homogénea y sin ninguna articulación real con la trama urbana existente. Al mismo tiempo, es curioso que, mientras todo esto ocurre en la línea de la costa, la inteligencia arquitectónica local esté mirando hacia la montaña, pensando cómo abrir 16 puertas en la sierra de Collserola. Cierto es que durante la década de los ochenta se concentraron muchos esfuerzos en abrir la ciudad al mar y que podría haber llegado el turno de la montaña, pero si algo quedó verdaderamente pendiente en la evolución urbana de Barcelona es coronar el cariño hacia el extrarradio que se inició con el proyecto “monumentalizar la periferia”, que hoy exigiría un nuevo enfoque.

Tras tres décadas de urbanismo democrático, cuidar la periferia no pide monumentos ni complejas cirugías, sino un ejercicio de acupuntura urbana que acepte la realidad metropolitana como propia, le abra las puertas del centro y le dé una mayor visibilidad. Porque “querer ver desde el barrio es como intentar tocarse el codo con la mano del mismo brazo, forma parte del mismo cuerpo (…), pero es inalcanzable”, escribe Pérez Andújar. Se dirá que no hay dinero para grandes infraestructuras o redes de transporte, pero mientras la crisis no arremeta se podría tejer un programa de integración simbólica a través de acciones culturales y educativas, itinerarios urbanos o urbanismo efímero que ayudara a crear un imaginario común. Con un mejor conocimiento mutuo entre centro y periferia, esta política de iluminación facilitaría la promiscuidad entre barrios y estamentos sociales y reforzaría el sentimiento de pertenencia a una comunidad mucho más amplia. Eso es dar sentido al espacio público.

Pero respetar la periferia también implica tomar consciencia de los espacios marginales dentro del perímetro urbano. Porque, en realidad, una periferia no se encuentra necesariamente en los límites geográficos de la ciudad; su característica principal consiste en ser un espacio simultáneamente incluido y excluido de la vida urbana. Existen muchas periferias en la Barcelona intramuros y la sorpresa que causó la reaparición de barracas en pleno 22@ es solo un síntoma de la falta de termómetro en nuestras heridas más ocultas. Reconocerlas es el primer paso de la voluntad de construir una ciudad verdaderamente integradora y sostenible.