crítica | teatro

Wilde y la profecía autocumplida

La compañía barcelonesa Egos Teatre ha creado un espectáculo musical chispeante sobre las profecías autocumplidas

“Si está escrito que mataré a un familiar, mejor será que lo haga cuanto antes”, pensó Lord Arthur Savile después de que un prestigioso quiromántico le leyera el futuro en la palma de la mano. A partir de un relato donde Oscar Wilde ironiza a placer sobre las buenas intenciones de un asesino riquísimo por su casa, la pujante compañía barcelonesa Egos Teatre ha creado un espectáculo musical chispeante sobre las profecías autocumplidas. Estos chicos, todos ex compañeros de curso del Institut del Teatre, tienen un talento polimorfo y un empuje bárbaro: ellos componen la partitura, preparan la coreografía, asumen la dirección escénica y la musical, escriben las canciones y firman la versión del texto, libérrima y atrevida. Partiendo, claro, de la anécdota original, llevan la peripecia por donde quieren, urden efectos cómicos a mansalva y se las ingenian para que la tensión no decaiga. Cantan y actúan los seis (que parecen diez) con parecida soltura, y componen entre todos un friso de tipologías humanas de lo más variopinto. Tienen ángel.

El crimen de Lord Arthur Savile

Musical de Egos Teatre a partir del relato de Oscar Wilde. Texto y letras: Rubén Montañá y Toni Sans. Música y dirección musical: Francesc Mora. Coreografía: Lali Camps. Dirección: Joan María Segura. Teatro Fernán Gómez. Hasta 15 de abril.

El crimen de lord Arthur Savile aúna el empaque de las producciones de los teatros públicos (ésta es un encargo del Teatre Nacional de Catalunya, que la estrenó en su sala grande) con el impulso, la frescura y el desparpajo genuinos de las compañías privadas jóvenes. Egos Teatre, creada en 2005, se mueve en la farsa como pez en el agua, subraya con lápiz caricatural el carácter de los personajes de Wilde, los tunea a su antojo (el orondo adivino Septimus Podgers es aquí un mago orientalizante, versión asténica del fakir Kirman), se inventa otros que vienen al pelo (su encantadora ayudante), los cambia de escenario cuando le conviene y juega con ellos a placer, porque todo vale en la guerra, en el amor y en la comedia musical. La partitura de Francesc Mora tiene vuelo y empaque (y de pegadiza, lo justo): está al servicio de la acción. La dirección escénica de Joan María Segura no deja resquicio al aburrimiento. Que alguien corrija, por favor, el ocasional chisporroteo de los inalámbricos.

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