urbanismo

Vecino, construye tu ciudad

Son ciudadanos que han decidido hacer el espacio público más habitable y democrático

Participantes de diversos proyectos de urbanismo colectivo en Madrid. / CRISTÓBAL MANUEL

El día que un ciclista descubre que el carril-bici por el que pedalea está sembrado de farolas, nace una sospecha. Cuando circula por otro que va a morir en una carretera llena de coches, esta se hace persistente. Al darse cuenta de que lleva horas circulando en un anillo que no lleva a ninguna parte ya no le queda duda: la persona que ha diseñado los carriles-bici de su ciudad solo ha visto una bicicleta en fotos.

Para combatir este mal, la asociación Geomun2.0, dedicada a la cartografía colaborativa, organizó en enero un taller con el fin de que quienes montan en bicicleta diseñen una red de carriles funcional. Los participantes llegan al local del MediaLab-Prado donde son las sesiones y se sientan en sillas blancas. En las que quedan libres dejan sus cascos de bicicleta.

Olga Terroba, la coordinadora del taller, plantea sus objetivos: además del obvio de diseñar el carril, quiere fomentar que los ciudadanos mejoren el espacio público y popularizar el software libre con que trazarán los mapas. Añadir desde casa información a las plantillas de OpenstreetMap no es más difícil que buscar una dirección en Google. Un administrador que trabaja con los criterios definidos en el taller se encargará de revisar los datos que los usuarios suban desde casa. También pueden adjuntar fotos o vídeos de Youtube con más información.

En vez de protestar, queremos promover soluciones más prácticas que las que ofrecen políticos que desconocen la realidad”, explica Olga.

“En vez de protestar, queremos promover soluciones más prácticas que las que ofrecen políticos que desconocen la realidad”, explica Olga. “La gente propone y nosotros, los técnicos, ponemos medios”. El taller comprende cuatro sesiones en las que se discute, se organiza una salida para tomar datos de la calle y se suben estos a los mapas. Cuatro días que pretenden convertirse en la semilla de un trabajo prolongado que presentar a la Administración.

Al taller están inscritos 60 participantes, pero a la primera sesión asiste solo una treintena. En la última serán diez, el núcleo duro del proyecto. La mayoría trae sus propios ordenadores, y los dirige el espíritu asambleario del 15-M: no hay líderes en los debates, lo que hace que se combinen discusiones útiles con peroratas que mueren entre incómodos silencios. Entre todos, poco a poco van añadiendo ramales al carril.

Una posición activa

Esta experiencia de urbanismo colectivo no nace de la nada. Cada vez más colectivos comparten una idea participativa del diseño de la ciudad. Algunos son más críticos con el papel de los poderes públicos, que consideran que no están pendientes de las necesidades de los ciudadanos; otros creen que a veces los vecinos no localizan sus necesidades porque nunca pensaron que pudieran satisfacerlas.

Miembros del taller para crear un carril-bici. / C. R.

Uno de los grupos que más éxito ha tenido con dinámicas del estilo es Basurama, un grupo de arquitectos especializado en reciclaje y proyectos sociales. Un ejemplo claro de su modus operandi se encuentra en una instalación de columpios en la Noche en Blanco de 2010. Como comisarios del evento contrataron a otro grupo de arquitectos, Zuloark, que había elaborado un proyecto con vecinos del poblado de El Gallinero. Después de hablar con la parroquia de Santo Domingo de la Calzada, Zuloark construyó toboganes y balancines a base de tuberías y neumáticos y los instaló en la Gran Vía para la noche en cuestión, con la intención de trasladarlos luego al poblado. Los niños de El Gallinero recibieron con entusiasmo los columpios, y a partir de ahí se abrió una vía de trabajo con los vecinos que ha dado lugar a equipamientos como una marquesina en la que resguardarse a esperar el autobús.

Una nueva iniciativa de Basurama son los Autobarrios en San Cristóbal, un proyecto para ayudar a los vecinos a construir equipamientos propios. Ahora está en su primera fase. “Hay que delimitar si lo que falta es un campo de recreo, un cine al aire libre o una estructura para reparar bicis”, explica Juan en nombre del colectivo. La etapa de discusiones es vital, y hay que tener “cierto callo” para dirigirla bien, explica. “Les dejamos claro que no llegamos con un regalo. Son ellos los que construyen y cuidan todo; nosotros ayudamos”, cuenta. “Hay que enseñar a no depender de una subvención”.

Urbanismo colectivo en Madrid

Esta es una plaza. Pionera en la materia, es un solar reconvertido de la calle de Doctor Fourquet. Defensores del decrecimiento y muy próximos al 15-M.

El Campo de la Cebada. Sobre el solar de la piscina de La Latina los vecinos han creado una plaza que tiene hasta enchufes para cargar el móvil.

Proyecto de carril-bici. Uno de los grupos de trabajo del taller Ciudad y Procomún apadrinado por el gurú Juan Freire.

Autobarrios. En el barrio de San Cristóbal, es una de las nuevas iniciativas de Basurama. Los vecinos deben elegir sus equipamientos.

El objetivo es que los Autobarrios desemboquen en una dinámica similar a la que ya existe en El Campo de Cebada. Este espacio ocupa el solar en el que se levantaba la piscina de La Latina. En 2007 el Ayuntamiento la demolió con la promesa de poner en pie una más moderna, pero la crisis frenó la obra. Los vecinos protestaron por el abandono del lugar hasta que, a raíz de otra acción de la Noche en Blanco, se dieron cuenta de que podían sacarle mucho partido. En esta ocasión fueron unos artistas franceses quienes construyeron una minipiscina. Cuando la actividad se acabó, algunos habitantes del barrio impulsaron la recuperación del espacio y pronto encontraron la complicidad de miembros de Zuloark que vivían cerca.

El Campo de Cebada aparece ahora como una hondonada en medio de la calle de Toledo acotada por muros llenos de grafitis y peculiaridades como un sistema eléctrico propio. No pretende ser un espacio alternativo, sino lo más comunitario posible. Desde febrero cogestionan la plaza entre vecinos y Consistorio. Jacobo García, de 19 años y residente en el barrio, explica cómo administran el espacio: “No queremos sustituir al Ayuntamiento, sino que este se responsabilice y nos ayude”. Más allá de contar con una plaza a su medida, los vecinos quieren establecer un precedente para cuando se construya el nuevo equipamiento, porque no renuncian a él. “Perseguimos que lo que se levante se gestione como un bien colectivo al que todo el mundo aporte”, dice Jacobo.

Jóvenes en Rivas ante la pista de cross que han construido. / CARLOS ROSILLO

Un paseo una tarde cualquiera basta para ver cómo funciona El Campo. A las cinco de la tarde solo pulula por ahí un integrante de Zuloark que no quiere ser identificado (algo típico del grupo: por eso se cubren la cara en una de las fotografías que ilustra este reportaje). Está parado frente a una montaña de piedras que acaba de dejar un camión. Media hora después, la plaza se llena de gente dando paladas, preparando bancales para construir una huerta, caminando por las pasarelas aéreas que llevan al contenedor en el que guardan herramientas…

“Con estos proyectos se consigue que la gente se responsabilice de los equipamientos. Son suyos y los cuida como tales; no son cosas que el Ayuntamiento ha colocado ahí sin más”

Mientras arregla un manto de plástico para aislar los bancales, otro miembro de Zuloark explica por qué considera la plaza un campo de experimentación perfecto para los arquitectos. “Para eso tenemos que servir ahora: para entender los espacios, escuchar a la gente y construir con ella según sus necesidades”, dice. Tampoco quiere que se le cite por su nombre, pero quien se acerque al solar le reconocerá fácilmente porque debe de lucir la barba más larga entre los treintañeros de Madrid. “Con estos proyectos se consigue que la gente se responsabilice de los equipamientos. Son suyos y los cuida como tales; no son cosas que el Ayuntamiento ha colocado ahí sin más”. Mientras habla, a unos metros de él hay unas porterías de fútbol y líneas pintadas en el suelo. Explica que, para que el balón no se les escape, los niños que juegan cierran la pista con bancos que traen de todas las esquinas de la plaza. “Eso es lo que queremos”, cuenta entusiasmado: “Que el espacio resulte dinámico y multifuncional, que la gente lo modifique según lo necesite”.

Teoría y práctica

Con su gesto los niños le dan una encarnación práctica a la teoría. Porque, no hay que engañarse, detrás de esta familia de iniciativas existe una base teórica, figuras académicas como la del prosumidor (el ciudadano que, además de consumir, produce ideas e infraestructuras) o disquisiciones sobre el papel de internet en las relaciones humanas (estos colectivos se citan en redes sociales, alimentan blogs y promueven el software libre para crear entre todos). Puestos a analizar el asunto con ojos académico, tampoco se puede negar que son unos factores sociales muy claros los que explican por qué en entornos como el del barrio de La Latina (con población joven, comprometida y lo suficientemente próspera como para vivir en el centro) estos proyectos funcionan tan bien, mientras que en El Gallinero Zuloark encuentra infinitos problemas para trabajar. En concreto, en el poblado se enfrentan con otra escuela teórica muy potente: la de los deconstructivistas, como se podría etiquetar a los vecinos especializados en desmontar todas las estructuras que levantan los arquitectos para revenderlas a chamarileros por partes.

Una vecina trabaja en El Campo de la Cebada. / C. M.

Por eso es interesante recordar que, desnuda de toda de todo discurso teórico y lejos de arquitectos y urbanistas, en la Comunidad de Madrid se puede encontrar una materialización casi perfecta del modelo que defienden estos nuevos albañiles de la ciudad. Está en Rivas-Vaciamadrid y se trata de un espacio muy modesto, una simple montaña. La levantaron en 2009 unos chicos aficionados al bici-cross que no tenían en dónde entrenar. Se acercaron a la Casa de la Juventud y plantearon lo que querían. Allí les dieron toneladas de grava y herramientas. A cambio, ellos aceptaron invertir las tardes de medio año en levantar un circuito en medio del parque de Montarco, hasta entonces depósito de basura del botellón más cercano. Tuvieron su premio: una pista sobre la que lanzarse con sus bicicletas a practicar derrapes y piruetas. Al preguntarle a Chapo, uno de los integrantes de aquel grupo por qué lo hicieron, su respuesta no puede ser más sencilla: “Porque nos apetecía y porque podíamos”. El principio de la acción reducido a un impulso: si quieres algo, no esperes a que lo hagan por ti; si tienes un Ayuntamiento, pídele que ayude a construir la ciudad en la que quieres vivir.

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