Un hotel para dormir como un conde

Ni el arquitecto ni el noble que lo encargó vieron construido el Palacio de Tepa, hoy un NH

Lámpara y patio interior del NH Palacio de Tepa. Abajo, habitación del hotel y plano del proyecto original de 1797. / ÁLVARO GARCÍA

En este esquinazo de la Plaza del Ángel hubo el palacio de un conde y la fonda donde se forjaron las tertulias literarias. El colegio de señoritas distinguidas en el que se educó Concepción Arenal y una pensión de dudosa reputación. Una carnicería, una ruina y un hotel de cinco estrellas.

 Todo ello fue el Palacio de Tepa —hoy un NH— levantado en 1797 frente a la iglesia de San Sebastián. Lo proyectó un arquitecto joven que murió antes de ejecutar la obra, para un viejo conde que murió antes de disfrutarla. Por si fuera poco, el edificio tiene hasta un viaje de aguas del XVII debajo (se puede ver tras un suelo de metacrilato). Y encierra un escándalo y un misterio.

El escándalo viene de que formó parte brevemente de la Operación Malaya: fue uno de los edificios históricos que Roca manejó a través de Montserrat Corulla. Obtuvo la licencia para transformarlo en hotel y un comprador —por 30 millones de euros— pero entonces llegó la policía. El edificio fue finalmente vendido bajo intervención judicial tras comprobar que los compradores y actuales dueños (Imnolevante) no estaban involucrados en el caso.

El misterio es más antiguo y tiene que ver con el arquitecto. Jorge Durán, del que sólo se conoce esta obra, “fue una de las figuras más prometedoras de su tiempo”, asegura el historiador de la arquitectura Pedro Moleón. “Pero sólo conocemos cuatro años de su vida”. 1794: llega a Roma proveniente de París (“en todo el siglo XVIII solo 16 arquitectos españoles van a estudiar a Roma, así que tenías que ser un figura”, explica Moleón). 1795: gana el primer premio de la Academia de San Lucca. 1796: vuelve a Madrid bajo la protección del mismísimo Godoy y es aceptado en la Academia de San Fernando. 1797: firma el proyecto para el Conde de Tepa. 1798: muere en Salamanca, a una edad desconocida, pero es de suponer que joven. “No sabemos más de él”, dice Moleón. “¿De dónde salió? ¿Dónde podría haber llegado sino hubiese muerto tan pronto?”.

Palacio de Tepa

Autor. Jorge Durán.

Obra. 1797 - 1808.

Ubicación. San Sebastián, 2 (Antón Martín).

Estilo. Neoclásico.

Función Original. Residencia del Conde de Tepa, luego transformado en casa de vecinos.

Función actual. Hotel de la cadena NH

Tan pronto que no pudo ejecutar su única obra, atribuida en ocasiones a Juan de Villanueva, entonces arquitecto mayor de la Villa (extremo que Moleón, biógrafo del maestro, duda). Lo único que se sabe es que de lo que firmó Durán a lo que se construyó hay un trecho. Y otro más largo hasta lo que nos ha llegado. En algún momento del XIX el inmueble se convirtió en casa de vecinos. Quien fuera que lo hiciese se topó con un problema: en los palacios se pasa de una estancia a otra por puertas que las conectan; en las casas de vecinos hay que inventarse un corredor externo. “Se creó una interesante galería de madera en los patios, que, como el resto del edificio, era una catástrofe cuando llegamos nosotros”, explica José María Gómez-Santander, autor, junto a Carlos Loren Butragueño, de la transformación en hotel. “Los bajos comerciales habían deteriorado la fachada, las sucesivas intervenciones habían cambiado la traza estructural, había plantas extras, añadidos, sufrió los obuses de la guerra y años de abandono...”. Aún así, el palacio conservaba cierta enjundia, una escala romana, una elegancia sobria y unas estupendas bóvedas de ladrillo. “Lo principal fue recuperar la esencia original”, dice Gómez-Santander y adaptarlo a su nuevo uso. “El patrimonio tiene que mantenerse por sí mismo”, opina, “una rehabilitación ha de tener una utilidad lucrativa o acabará deteriorándose”.

“Un edificio histórico es un buen reclamo”, dice Javier Mármol, director del NH Palacio de Tepa. “Todo lo que ponga Conde o Duque delante atrae”. Sobre todo a americanos y nórdicos en busca de un viaje de museos e historia. La diáfana recepción está en el antiguo paso de carruajes del palacio y la corona una enorme lámpara de cota de malla, obra, como el resto del interiorismo, de Ramón Esteve. “La idea era dejar que entrase la luz natural de las claraboyas y crear una decoración contemporánea que más que buscar el contraste, armonizase con la arquitectura”, dice Esteve. Lo mejor de decorar este hotel es que no todas las habitaciones son iguales. Están las abovedadas, que tienen un aire monacal y recogido. Luego las que se ubican en lo que era la planta noble del palacio, con techos tan altos (unos cinco metros) que permiten lujosas suites de dos pisos. En la última planta estarían los cuartos del servicio. Techos abuhardillados con vigas vistas que hoy nos parecen de lo más chic. Eso sí, lejos de dormir como un criado, el cliente goza de las comodidades de un conde. Desde 160 euros la noche, eso sí.

 

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