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Lavapiés se lava la cara

El estudio Ciria + Álvarez Gómez interviene en el histórico barrio con un inmueble contemporáneo que se integra sin desentonar. “Fue como encajar una pieza en un puzle”, dicen los arquitectos

El arquitecto Miguel Ciria, en la fachada del edificio de la calle Olmo, 21. Ampliar foto
El arquitecto Miguel Ciria, en la fachada del edificio de la calle Olmo, 21.

La calle del Olmo tiene la anchura, la altura, la pendiente y, sobre todo, la solera de Lavapiés. Cuando uno la pasea distraído, no nota que entre sus centenarios vecinos se ha colado uno novísimo. Un edificio contemporáneo a rabiar, con identidad propia, que, sin embargo, no desentona con el barrio histórico y popular que habita.

 Durante años (desde los ochenta) aquí hubo un solar. Uno de esos a los que te acostumbras, en los que se cuelan vagabundos, que se incendian cada dos por tres, donde se junta la basura más absurda (¿de dónde salen todos esos carritos de la compra?). Una caries en el centro de espumosas medianeras color ocre que Miguel Ciria y Beatriz Álvarez Gómez han rellenar con buen gusto. “Fue como encajar una pieza en un puzle o un diente en una boca”, dicen los arquitectos de 36 años.

Siguiendo con la metáfora dental, cuando toca rellenar un hueco en el entramado histórico, los dentistas/arquitectos tienen varias opciones. Los hay que optan por disfrazar el nuevo diente de colmillo viejo, creando falsos históricos que disimulan revocos pintorescos e imitan molduras antiguas. En el otro extremo, los hay que prefieren incrustarle al diente nuevo un llamativo diamante. Que se note, pero bien, su paso por esta boca/calle.

El estudio Ciria + Álvarez Gómez tiró por la vía de enmedio. “Una intervención contemporánea no puede hacer edificios como se hacían hace 100 años”, dicen. Y también: “Los edificios siempre son más importantes que los arquitectos, recurrir al histrionismo, pintando por ejemplo la fachada de verde chillón para que se note, no tiene sentido. Lo bello es el conjunto, el barrio, las calles...”. Buscando esa armonía, la fachada de Olmo 21, alínea sus cornisas con las de su vecino (un venerable anciano de 140 años). Tiene una piel contemporánea de paneles fenólicos (el material de las encimeras) pero juega con las formas de los fraileros de toda la vida. Para elegir su color los arquitectos hicieron un estudio cromático de los otros edificios de la calle (que van del teja al beige claro) y eligieron uno que encajase: el blanco pergamino, nada de verdes chillones.

Intervenir en el centro histórico es “un lujo”, pero un lujo lleno de complicaciones. Hay que trabajar entre medianeras, tan antiguas que se apoyan unas sobre otras. Los desagues no van a modernas tuberías sino a profundas galerías de ladrillo para llegar a las cuales hay que excavar pequeñas minas. Como el parking no se pudo soterrar, se ideó un garaje robotizado que juega al Tetris con los cinco coches que caben. “Un edificio como este no resulta rentable”, dicen los arquitectos, “salen muy pocas casas, por ello es importante que el Ayuntamiento asuma este tipo de rehabilitaciones en el casco histórico”.

VPO en la calle del Olmo, 21

Autores. Miguel Ciria y Beatriz Álvarez Gómez.

 

Obra. 2008 - 2010.

Ubicación. Calle del Olmo, 21 (Lavapiés).

Estilo. Contemporáneo.

Función. Vivienda de protección oficial.

 

Olmo 21 es el resultado de un concurso de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo para construir siete pisos en régimen de alquiler de uno y tres dormitorios (45 y 65 metros cuadrados) en un solar estrecho y profundo. “Ajustarnos al solar, de solo seis metros de fachada, fue lo más difícil”, dicen Ciria y Álvarez Gómez. Para evitar hacer “viviendas tubo”, como las que abundan en la zona (con largos pasillos, alcobas y pequeños patios de luces) los arquitectos distribuyeron las viviendas (que parecen más amplias de lo que son) entorno a un patio con pasillos abiertos. “Era lo mejor que podíamos hacer, pero no pretendíamos reinventar la corrala”, dicen. Desde luego el resultado no parece una corrala. La chapa de acero, la liviana estructura metálica de la escalera y los grandes números adhesivos que marcan los pisos no pueden estar más lejos del casticismo histórico. Este lenguaje es otro.

Lo que sí se trató de revivir fue la convivencia entre vecinos. En uno de los espacios comunes hay un banco-piscina que invita a la conversación. Pero a juzgar por el polvo no se usa mucho. “Esto aún no es Berlín”, suspira Miguel Ciria.

Detrás hay un pequeño jardín de bambú desde el se ve la huella de la casa que ocupaba antes este solar. Era bajita, torcida, con chimenea. Probablemente oscura, probablemente estrecha. Nada que ver con este nuevo Lavapiés.