crónica

La mejor cantata de Johann Sebastian

Una mañana entre disfraces y euforia en el palacio de la magia de la Castellana

Johann Sebastian Fernández, el niño que ha cantado el Gordo. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Probablemente Marianela Llimuri supiera que el niño iba a entonar algún día un canto digno de gloria. O quizás solo fuera su admiración por Bach lo que le llevó a bautizar a su hijo con el nombre del músico. El caso es que hoy, Johann Sebastian Fernández cantó algo grande, tal y como estaba predestinado a hacer: fue el gordo de esta Navidad crítica de 2011.

Lo hizo temprano. Eran las 9.57 de la mañana cuando él y su compañera María José Posligua Borrero repartían la suerte del 58.268 camino de Grañén, en la provincia de Huesca. La distancia de la fortuna se medía por la mañana en los 400 kilómetros que separan el palacio de Congresos madrileño con este pueblo aragonés, que ha sido desde entonces el centro del mundo.

Cuando los bombos empezaron a rodar, nadie pensaba en los miembros del nuevo Gobierno, sino más bien en una diosa fortuna que se mostró esquiva, caprichosa y exclusiva, ya que eligió solo dos pueblos para repartir íntegramente los primeros premios: Grañén y Manises (Valencia), donde fue a parar a las 12.28 el segundo (53.404).

Alguna tajada, pero de alegría, no más, sacaron también los propios niños de San Ildefonso y los familiares que les contemplaban en la sala, entre temerosos y llenos de orgullo. En sus minutos de gloria, Johann Sebastian y María José, se hartaban de cantar también sus sueños: “Si me quisieran regalar algo”, decía el representante de Bach en la tierra, “que sea un viaje a mi país, Bolivia, para mí y para toda mi familia”, comentaba el chico, con sus apenas metro treinta de estatura, pero altura de pillo espabilado. María José, a su lado, asentía y pedía lo mismo. Pero en su caso a Ecuador, desde donde su madre, Leti Borrero, emigró hace 10 años para sacar adelante a sus tres hijas trabajando en varias cocinas.

“No sabe lo que es. La niña no me deja ni comprar los ciegos. Dice que son la competencia”, comenta Leti, que se ha acercado al sorteo con su hija mediana y su nieto, Alex, de año y medio. La madre de Johann Sebastian, no se privaba de remarcar como al niño le gustaba la música y soñaba con aprender a tocar la guitarra.

De sueños iba la cosa ayer, como la campaña que se ha montado este año la lotería del Estado, con esos niños inquietantes y misteriosos que tratan de sustituir el impacto del famoso calvo, hoy profesor de inglés en Valencia. Los de carne y hueso cantaban la suerte contemplados en una inmensa fotografía por el rubio del anuncio, un misterio que quedó desvelado: es de Riga (Letonia), donde se rodó el anuncio, tiene 8 años y se llama Marks Zabulis.

Como guardiana de los sueños, en el vestíbulo recibía con un libro enorme Nerea, ataviada con gafas de mentiras, sin cristales, atendía las peticiones de los visitantes. A los consabidos conjuradores del Gordo y la paz mundial, se unían otros entre surrealistas e inquietantes: “Que todo el mundo pueda ser algo de mayor”. “Quiero un Micopirucho para siempre”. “Que mi hijo no vuelva a padecer cáncer…”.

Ya, adentro, chupaban cámara los frikies de rigor y algunos agraviados. Entre los primeros destacaba, como casi siempre, Enrique Vilches, de Cebreros (Avila), el famoso pueblo de donde procede Adolfo Suárez, “pariente mío”, decía Vilches. Pero más que con la política, este fontanero jubilado de 78 años, con quien quería emparentar en este sorteo es con la nobleza. Por eso acudió disfrazado de duquesa de Alba. Una duquesa con bebé de pañales machados en brazos.

Pero llamaban más la atención los de Moraleja de en Medio. Allí se presentaron 9, con sus casas de gomaespuma, chalets adosados de sueños, esta vez sin cumplir. Llevan 450 día acampados reclamando un plan de urbanismo que ponga de acuerdo al ayuntamiento y a la Comunidad de Madrid para que les permitan construir la cooperativa de viviendas en la que invirtieron los ahorros de su vida.

Carmelo Prada, de 36 años, lo resume: “Si no lo logran, perderemos una media de 50.000 euros cada uno. Yo, mientras tanto, vivo con mis padres y trabajo de conductor de grúas en otra cooperativa. No sabe la rabia que me da cuando veo las casas acabadas y a las familias entrando”. Tampoco ayer tuvieron suerte. Su número, el 11.010, que recuerda la fecha de su primer día de acampada no tocó.

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